El fotógrafo salvadoreño Roberto Anaya explora los recuerdos de sus abuelos y descubre cómo las fotografías y las historias familiares nos permiten recordar incluso aquello que no vivimos.
Hoy estuve pensando en una frase que creí haber leído de Ernesto Sabato. Como es la tentación de muchos, le he consultado a ChatGPT acerca de una frase que se recordaba algo así: “Los recuerdos se me vienen como fragmentos, como fotografías que se me aparecen en un gran álbum de fotos”. Me dijo que no, que no encontraba registro de una frase similar, pero que sí le sonaba a algo en lo que había estado ayudando a pensar a personas alrededor del mundo: “cómo recordar algo sin convertirlo en una versión ordenada de lo que realmente ocurrió”. Estoy de acuerdo. ¿Por qué voy a querer que mis recuerdos estén ordenados y clasificados? Y, ojo, me aterra estar de acuerdo con la IA.
Estoy de acuerdo porque hace poco estaba pensando en lo poco que recuerdo de mi niñez, pero, si algo recuerdo con mucha claridad, es la tarde de un caluroso junio en que me estaba bañando con una manguera y un huacal en el patio de mi casa: Escucho el timbre del teléfono. Un grito aterrador. Terrible. Es mi abuela. Grita y tira todo lo que alcanza con la mano. Mueve los sillones de la sala, tira los cuadros y grita. No para de gritar.
Mi abuela recibió la noticia de que mi abuelo había muerto de un infarto fulminante la tarde del 14 de junio de 1994. Alguna vez escuché que esa mañana mi abuelo salió a su trabajo sin despedirse y un rato después regresó para despedirse bien y darle un beso a mi abuela. No sé. Me suena muy poético, pero lo he escuchado. Yo, a pesar de estar muy cerca de cumplir ocho años, recuerdo muy poco de mi abuelo. Lo que creo recordar son cosas que he escuchado de él toda la vida, cosas que no puedo catalogar como memorias propias, pero que están grabadas en mi mente.
“Lo recuerdo” como un fumador empedernido, uno de esos que fuman al menos uno, o incluso dos o tres paquetes al día (dos paquetes son cuarenta cigarrillos), y que se tomaba casi la misma cantidad de tazas de café. Que no tomaba alcohol porque era un hombre que solo conocía los extremos. Recuerdo que ese año (1994) mi mamá, su hija, lo llevó a hacerse un chequeo pulmonar y que salió con mejores resultados que yo en aquel entonces, un niño de ocho años asmatico. También he escuchado que le había espetado a mi madre que el pago de ese chequeo le habría servido para comprar no sé que cierta cantidad de paquetes de cigarros Windsor. Unas semanas después estaba muerto.
También recuerdo que a mi abuela le decía Zarca por sus ojos claros, entre miel y verdes, que veía Chespirito para explicárselo a unos vecinos que no lo entendían, ja, ja, ja; que los domingos los dedicaba a visitar a alguien de la familia; que tenía una pasión por el equipo de fútbol de su barrio, el San José; que escuchaba los partidos de la liga nacional por la radio y veía el Calcio Italiano. Leía la Biblia para discutir con los Testigos de Jehová y que, cada vez que mi abuela quería darle contundencia y validación a una idea, decía: “Eso decía” o “eso dice tu papá/Kike” y que lo dijo así hasta el final de sus días.

Mi abuela falleció el 14 de junio de este año (2026), exactamente 32 años después. Como un manifiesto. Como diciendo a la familia: ‘yo me voy con él’. El mismo día que Kike. Mi abuela, Esperanza Huezo, digna hija de su padre Magdaleno, el hombre más cascarrabias y el más hábil matarife y destazador del rastro municipal de Quezaltepeque, tenía fama de ser una mujer de carácter “muy fuerte”: obstinada, correcta hasta la médula, meticulosa, exacta en las cuentas y sumamente dominante. No es difícil pensar que calculó el día y la hora de su muerte.
Hoy tengo en mis manos un álbum de fotos que estaba en su mesa de noche, la de mi abuela. La primera foto es una de mi abuelo: camisa de rayas, pantalón azul, un cigarro en la mano, recostado en un sofá. A la mitad del álbum hay dos fotos. En una, mi abuela sonríe sentada a la mesa junto a mi abuelo. En la otra, los dos están acostados en sus hamacas en el corredor de su casa. La última foto del álbum es el ataúd de mi abuelo el día que lo enterraron.
No sé quién tomó las fotos del entierro de mi abuelo. Es la primera vez que las veo. Veo una foto donde mi abuela camina con mi mamá (y cada una al lado de sus hermanos menores). Las dos tienen el rostro desfigurado por un dolor que creo que es indescriptible y visten de negro. En los pueblos de El Salvador se acostumbra hacer fotos de los entierros, y aunque es una práctica que genera divisiones, a mí, en lo personal, me fascina.

Estoy de acuerdo con Susan Sontag cuando plantea que la fotografía puede hacer real el dolor, pero que eso no va a permitirnos comprenderlo (Ante el dolor de los demás. Susan Sontag). Mi abuela guardó en un solo álbum (que no mostraba a nadie) fotografías que documentaron sus momentos más felices y sus dolores más terribles. Obviamente, si alguien comprendía lo que esas fotos le causaban, era ella misma.
El siguiente recuerdo que tengo es ver, por primera vez en la vida, a tanta gente triste. Caras consternadas. Llantos. Abrazos acompañados de llanto. Mis abuelos eran originarios de Quezaltepeque, específicamente del barrio El Guayabal. Los padres de ellos también, y al menos uno de los abuelos de cada uno de ellos también. Eran la tercera o incluso cuarta generación en línea genealógica en haber nacido, crecido, haberse reproducido y muerto en el barrio El Guayabal.
Mis padres también son de ese mismo pueblo y de ese mismo barrio. Personas muy conocidas de un pueblo que en 1994 todavía era pequeño. Mi abuelo era un hombre joven para un pueblo con muchos octogenarios, un fumador que siempre tenía un cigarro para los amigos. Un gran conversador. Un hombre que cada fin de semana estaba en las canchas de papi fútbol apoyando a su equipo o visitando a alguien de la familia. Alguien al que muchos seguramente habían visto en los días anteriores a su muerte, lleno de vida y fumando sentado en la calle Urrutia viendo a la gente pasar junto a su prima Marina y su tía Carmela.
Hubo muchísima gente en el velorio. La cuadra entera se llenó de gente del pueblo, porque lo velaron en la casa como se acostumbraba en los pueblos. Incluso en una foto del funeral se ve la Avenida Delgado en Quezaltepeque llena de alumnos de la Escuela Urbana Mixta Unificada José Dolores Larreynaga que fueron llevados a acompañar el entierro. Están todos formados, cual desfile cívico. Mi abuelo era exalumno de la escuela y amigo de cigarrillos y pláticas del director de aquella época, Alberto “don Tito” Morán, quien también fue mi maestro de Literatura en la misma escuela. Era la muerte de un vecino. De un personaje. De un amigo. De un quezalteco.

Yo crecí escuchando muchas historias sobre mi abuelo, que era un aventurero. Historias que contaba mi abuela, que contaba mi mamá, mis tíos, los papás de mis amigos. La historia de cómo sobrevivió al huracán Fifi (1974) en Honduras subiéndose al camión lleno de pollos que transportaba desde Criaves y cómo vio morir ahogados a esos cientos de pollitos por la inundación que cubrió el camión, sin poder hacer nada para salvarlos, es una que tengo grabada en la memoria. Recuerdos que no son míos, pero qué cuento como si mi abuelo mismo me los hubiera contado.
Mi abuela no era una mujer con un temperamento tan fuerte al azar. Seguro que la genética contribuía, pues era hija de Magdaleno, pero también pienso que ella tenía unos catorce o quince años cuando murió su mamá, Modesta, y eso la convirtió en la “mujer” de la casa. Tuvo que ayudar en el cuidado de sus hermanos menores, trabajó desde muy joven en la panadería que le heredaron cuando apenas era una adolescente y le tocó saltarse las dudas y berrinches propios de esa edad para convertirse en una mujer en todos los términos que la sociedad de aquella época dictaba.
Claro que algo pasó en su temperamento. Se saltó su adolescencia y su adultez temprana. Muy joven, no tuvo tiempo para el disfrute. Eso me hace, creo yo, entender cómo se sintió tan atraída por Enrique Coto: un hombre de excesos, en esa época bohemio profesional, borracho y fumador empedernido. Un hombre como mi abuela misma lo describiría con una de sus frases favoritas: un macho sin dueño.
Un hombre moreno, de nariz pringada, ojos negros, alto, delgado, pelo lacio y despeinado. Todo un buen mozo. Lo puedo confirmar porque, curiosamente, en los días del funeral de mi abuela me regalaron una fotografía de 1959 en la que mi abuelo carga un ataúd (sí, una foto de un entierro) Veo el porte que tenía y entiendo cómo mi abuela se enamoró de él. No se casaron jóvenes, como era costumbre en los años sesenta. No habían tenido tiempo para eso: mi abuela estaba trabajando para criar a sus hermanos y mi abuelo estaba entregado a la bohemia. Pero sí crecí escuchando que Esperanza Huezo se casó con él bajo la condición de que no volviera a probar el alcohol y que trabajara con ella para formar una familia. Él, que era un hombre de palabra, cumplió su promesa durante treinta años, hasta el día de su muerte.

Hoy pienso que mi abuela se murió el mismo día que mi abuelo. No porque compartan fecha de muerte, sino porque nunca más volvió a usar el comedor de su casa. Nunca hubo otra Navidad llena de cohetes y grandes cenas. La calle Urrutia nunca volvió a celebrar una navidad colectiva con todos los Coto, los Guerra, los Dueñas, los Anaya Escobar y otros que estaban ahí, pero se me escapan. Cada una de las familias con sus duelos, con sus pérdidas y condenadas a migrar o desaparecer hasta que ahora casi que es imposible reconocerse entre vecinos.
Yo nunca volví a ver la cara feliz que mi abuela tiene en esas fotos que atesoraba en su álbum secreto. No es que no haya sido feliz o que se haya dejado vencer por el duelo. Mi abuela no conocía la derrota. Se aisló, es cierto, pero tuvo tiempo para nosotros, sus nietos; para sus bisnietas; para cuidar su casa y la memoria de su esposo. Pero esa sonrisa yo no la vi más. Es cierto que viajó y gozó lo que pudo, pero esa sonrisa y esa mirada con la que veía a mi abuelo yo no la vi jamás.
Al final de sus días, cuando ya le quedaban más recuerdos que planes futuros, hablaba de mi abuelo y de sus ideas como si esa mañana hubiera estado discutiendo con él los problemas más recientes. Porque para ella sus ideas y las de él eran la misma cosa. No con romanticismo, sino con la convicción de que el mejor tiempo de su vida fueron los años juntos.
Hoy veo ese álbum y lo confirmo. Veo esas fotos de ataúdes y flores, entierros. También veo a mi abuela sonriendo como nunca recuerdo haberla visto antes. Ahora sí pienso en una frase de Sabato que tengo a la mano y en papel: “Nunca tuve buena memoria […] quizá sea una forma de recordar únicamente lo que debe ser, quizá lo más grande que nos ha sucedido en la vida…” (Antes del fin. Ernesto Sabato.) Yo también tengo mala memoria, contrario a lo que algunos familiares y amigos piensan. Por eso hago fotos y valoro tanto la imagen como documento físico.
Ahora tengo el álbum de mi abuela. Hay fotografías ahí de cosas que no recuerdo haber vivido. Algunas ni siquiera las había visto antes. Hay personas que ya no están, lugares que desaparecieron y momentos que pertenecieron a otros. Sin embargo, ahora forman parte de mi memoria. No están ordenados, “se me vienen como fragmentos, como fotografías que se me aparecen en un gran álbum de fotos”.
Es ese mismo sentimiento que hizo nacer El club de las abuelas. Que me ha hecho fotografiar frenéticamente cada cosa abuelítica que me encuentro. Porque me niego a soltar los recuerdos, la memoria. En la medida de lo posible quiero tener mi propio registro de recuerdos y heredarlos y compartirlos. Es que así funcionan los recuerdos. A veces no se recuerda la fuente y no habrá máquina ni artilugio que nos haga recordar el origen, y está bien. Porque estoy seguro que los recuerdos se heredan por fragmentos. Desordenados.






