Emma Schonenberg explora el caos como territorio fértil

La diseñadora y artista salvadoreña presenta “Fluidez germinal”, cuarenta acuarelas que atraviesan la ruptura, la incertidumbre y la posibilidad de transformarse.

Hay algo deliberadamente sin pretensiones en el jardín de Lula Mena. Las paredes blancas, la madera sin barnizar, la luz natural que llega sin permiso y se mezcla con la de las lámparas dispuestas para la noche. Todo en este espacio habla de una hospitalidad sin protocolo, de un lugar que existe para recibir arte sin imponérsele. 

La tienda de Lula Mena, que por sus pasillos ya acumula años de objetos cuidadosamente creados, abre su jardín como extensión viva de esa misma filosofía. Aquí cualquier artista puede traer su mundo y el espacio se acomoda, se deja modificar. 

Esa noche de inauguración, el público llegó con familiaridad ante la sensibilidad de Emma. Muchos de los presentes llevan años siguiendo a Emma Schonenberg, primero desde el diseño gráfico, desde el diseño de superficies, desde esa trayectoria que la convirtió en una figura de referencia dentro del mundo creativo salvadoreño. Para ellos, y también para quienes la descubren por primera vez esa noche tenía algo nuevo en el aire.

Recuerdo haber escuchado el nombre de Emma Schonenberg por primera vez alrededor de 2009, en conversaciones sobre diseño de superficies, un campo entonces emergente y escasamente explorado en el país. Era de esas figuras que se mencionaban con una mezcla de admiración y curiosidad, alguien que estaba empujando los límites de lo que se entendía por diseño local. Años después, sentarme frente a ella para hablar de su primera muestra individual de arte tiene algo de ciclo que se cierra, o más bien, que se abre hacia otro lado. 

Nuestra platica ocurrió unas horas antes de la inauguración, con la luz de la tarde cayendo sobre las piezas recién colgadas y el espacio todavía en ese estado de suspenso que precede a las aperturas. Fue entonces cuando apareció Lula Mena, la anfitriona, y el encuentro tomó otra dimensión.

El proceso detrás de "Fluidez germinal"
El agua traza el límite entre lo que la artista controla y lo que no. "De este borde no pasa nada", dijo Emma. Pero adentro, todo puede ocurrir. Foto: Mediana.

Fluidez germinal está compuesta por cuarenta acuarelas intervenidas con otros materiales. A primera vista, las piezas evocan aquello que solo se ve cuando uno se acerca demasiado. Colonias de células, semillas a punto de abrirse, ramificaciones que podrían ser raíces o vasos sanguíneos, cúmulos de materia orgánica que sugieren vida en su estado más elemental. Pero Schonenberg no llegó a este lenguaje eligiendo una estética. Llegó porque lo necesitaba. "La necesidad", dice, cuando le pregunto qué la empujó a volver a la pintura después de años centrada en el diseño. "De expresar, de poder tener ese espacio donde yo puedo practicar el dejarme ir, el soltar, el confiar", me explica. El año pasado, según cuenta, fue una acumulación. No quiere llamarlos problemas. Prefiere la palabra retos. Pero la acuarela, con su voluntad propia, con su tendencia a escaparse, a manchar donde no se le invita, se convirtió en el medio más honesto para atravesar ese período.

Que una artista que viene del rigor del diseño gráfico, que confiesa amar la perfección, haya elegido precisamente la acuarela como vehículo de este proceso es todo un argumento. La acuarela no perdona. No se puede cubrir el error como sí se puede con el acrílico, al que Schonenberg recurrió durante años. "Con la acuarela tengo que tomar una decisión, tengo que confiar en esa decisión que estoy tomando, pero no puedo tapar errores", explica. 

Lo que en el diseño sería un problema de producción, aquí se convierte en la condición misma del trabajo. El agua corre donde hay humedad. El pigmento se acumula en los bordes. La artista decide hasta dónde deja llegar ese movimiento, traza un límite, y dentro de ese límite ocurre lo impredecible. "El control es microscópico", dice. "Ahí está el accidente controlado”, me dice Emma.

Ninguna de las cuarenta piezas llegó a su resolución sin pasar por lo que Schonenberg llama el “ugly stage”, ese momento intermedio en el que la obra parece estar perdida. "El 'guacatela qué estoy haciendo'" , lo describe ella, con esa mezcla de humor y franqueza que tiene. Lo que hacía en esos momentos era parar. Respirar. Dejar las piezas reposar veinticuatro horas para verlas con otros ojos al día siguiente. 

Emma Schonenberg en la galería de Lula Mena, unas horas antes de la inauguración. Detrás de ella, cuarenta piezas que comenzaron con un torbellino y todas encontraron una resolución. Foto: Mediana.

En ninguna cedió a la tentación de empezar de cero, aunque muchas veces lo pensó. Esa resistencia, ese continuar a pesar de la incomodidad y la desconfianza, fue parte de lo que la obra le fue enseñando. "La resiliencia que se presentaba en este caso en el papel, la resiliencia que se presenta en la vida, el no darse por vencido", profundiza.

La única pieza que enfrentó con una confianza distinta, sabiendo de antemano que la incertidumbre vendría igual, fue la más grande de la serie. La llamó “Gozo infinito”. Fue la única en la que entró, como dice ella, "con miedo pero con todo".

Hay una imagen que Schonenberg usa y que sirve para sumergirse en estas obras desde adentro. La de la devastación que deja pedazos dispersos alrededor. A primera vista parece un desorden. Pero si uno se detiene, aparecen clústeres, familias de formas, parentescos entre los fragmentos. "Hay belleza dentro de este caos", dice. "Hay un sentido. Hay un orden espiritual", cree. 

Las obras no quieren que el espectador reconozca nada en particular, no quieren guiarlo hacia una lectura correcta. Quieren, en cambio, que sienta. Hay un elemento común que aparece en varias de las piezas, pero Schonenberg no lo revela. Es parte del juego. Hay quienes lo distinguen solos. Ese reconocimiento, cuando ocurre, tiene algo de hallazgo personal, de encontrar en el caos ajeno algo que también pertenece a uno.

El proceso de cada pieza comenzaba con gestos amplios y caóticos, manchas grandes, chorros de agua, incluso trabajo con la mano no dominante, con el papel tomado en distintos ángulos. Pero en algún punto de cada obra llegaba la necesidad de detenerse, de bajar la velocidad, de entrar al cuadro con una mirada más quieta. "Para ver las oportunidades que se me ofrecen en el papel", explica. Esas oportunidades, agrega, son a veces microscópicas, igual que en la vida. Hay que estar atenta para no pasarlas de largo. El texto de sala habla de un recorrido pausado y meditado. No es una descripción arbitraria. Es la instrucción de uso que la artista misma ha integrado como práctica. "Yo en particular necesito pausa, necesito respirar para ver dentro del caos que tengo en la cabeza por algún momento abrumante que estoy pasando", confiesa Emma.

Un espacio para el arte en San Salvador
Lula Mena y Emma Schonenberg comparten más que esta inauguración. Se conocen desde hace años, desde cuando Emma era principalmente diseñadora gráfica. Foto: Mediana.

Cuando Lula Mena apareció en el jardín esa tarde, le pregunté qué había significado para ella recibir esta muestra. Lleva años conociendo a Schonenberg desde su trabajo como diseñadora gráfica, hay colaboraciones pasadas entre ambas, una admiración mutua construida desde el terreno profesional. Pero esta Emma, la de las acuarelas, le resultó nueva. "Hoy yo también estoy descubriendo esta Emma", dijo. "Más introspectiva, más desde el alma", cree Lula. 

También añadió algo que funciona como una lectura paralela de toda la serie. "Todos somos caos en algún momento, todos somos transparencia en algún momento, la vida y el ser humano somos todas las emociones juntas", cuenta.

Mena, que trabaja desde hace años con diseño y entiende el peso transformador que puede tener lo visual, lo formuló con claridad. "Así como para mí el diseño transforma, el arte cura y sana”, explica Lula.

Las piezas de “Fluidez germinal” están disponibles para la compra, pero uno no las mira pensando en eso. Hay obras que se hacen para venderse y obras que se hacen para sacarse de adentro, y aunque ambas pueden terminar en las mismas paredes, se sienten distintas. Estas pertenecen a la segunda categoría. No porque sean herméticas o inaccesibles, todo lo contrario, son generosas con el espectador, lo invitan a proyectarse. Sino porque es evidente que el motor que las produjo no fue el mercado sino una urgencia interior. 

El momento intermedio que Schonenberg llama el "ugly stage" es cuando la obra parece perdida y la única salida es respirar, dejarla reposar y volver al día siguiente con otros ojos. Foto: Mediana.

Cuarenta piezas es también un número que habla de un proceso que necesitaba agotarse, que no podía detenerse antes de llegar a algún tipo de resolución. Y todas, según cuenta Schonenberg, la tuvieron. Todas comenzaron con torbellino, con mente en revoltijo, con turbulencia, y todas encontraron una salida hacia algo que pudiera llamarse claridad, o al menos, aceptación.

Le pregunté a Schonenberg qué le gustaría que germinara de esta muestra, usando la metáfora que su propio título propone. Su respuesta fue directa. "La capacidad que tenemos cada uno de nosotros para transformarnos y para sobrellevar cualquier situación, caos y cualquier torbellino que se nos venga en el camino. Saber que somos capaces de brillar dentro de la oscuridad", respondió. 

La artista que ama la perfección, que llegó a la pintura desde el diseño, que eligió el medio que menos control le concede, terminó produciendo cuarenta obras donde el desorden es el punto de partida y la transformación, el destino. Es una Emma más segura la que sale de este proceso, según sus propias palabras.

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