¿Qué significa realmente ser salvadoreño? Una generación creativa está buscando respuestas

Mientras el mundo vuelve su mirada hacia Latinoamérica, una generación de artistas, cocineros, fotógrafos y creativos salvadoreños empieza a preguntarse qué significa realmente construir una identidad cultural propia.

Creciendo en El Salvador durante los años 90, mi niñez y adolescencia estuvieron influenciadas por una avalancha constante de cultura estadounidense. En ese momento la televisión era el portal principal hacia una realidad distante pero atractiva.

Primero fueron las caricaturas. Los Picapiedra, Los Supersónicos, Los Pitufos. Después llegó MTV a convertirse en la iglesia de toda una generación adolescente. El grunge, el hip hop, el skate, los pantalones gigantes, las camisas de franela, los videos musicales día y noche. Cada etapa venía acompañada de una nueva forma de vestirse, de hablar, y de existir.

Luego estaban las películas. Esas historias construidas alrededor de escuelas y universidades estadounidenses protagonizando “ jocks”, “cheerleaders”, “dorms” y fiestas de fraternidad. Era fácil perderse en la fantasía de pertenecer a un lugar que ni siquiera entendía del todo.

Performance "Cuando el monte baila", del artista Juan Carlos Recinos. Foto: Pau Rivera.

Pero esto no le pasó únicamente a una generación de salvadoreños. Le pasó a toda una generación de latinoamericanos que creció consumiendo contenido donde el estilo de vida “americano” era presentado como el centro de la cultura global. Lo que vestíamos, lo que escuchábamos, la forma en que hablábamos e incluso lo que aspirábamos, todo estaba profundamente influenciado.

Ahora el teléfono reemplazó al televisor y todo es transmitido instantáneamente a través de “Lives”, “Reels”, “Shorts” y TikToks. En medio de esa transición, algo cambió. Por primera vez en mucho tiempo, ya no solo estábamos consumiendo la tendencia; lentamente comenzamos a convertirnos en ella.

La música latina protagoniza festivales globales. Probar nuestra comida se ha vuelto un hito. Nuestra estética, nuestros acentos, nuestra manera de socializar y entender la vida empezaron a adquirir un nuevo valor cultural. De repente, el mundo comenzó a mirar hacia el sur en búsqueda de inspiración.

Un país que pasó décadas mirando hacia afuera

Para países como México, Colombia, Brasil o Argentina, este momento funciona como una reafirmación natural de una identidad cultural robusta de la cual sus residentes ya se sienten orgullosos. Son países donde todas las influencias externas históricamente terminaron mezclándose con códigos locales muy fuertes, produciendo nuevas sub-culturas arraigadas en valores locales.

Pero El Salvador siempre ha tenido una relación más compleja con su identidad. Una relación que ha hecho que me pregunte en más de una ocasión: ¿Qué elementos forman realmente nuestra identidad cultural? ¿Y por qué durante tanto tiempo no terminamos de reconocer su valor? Parte de la respuesta está en nuestra historia, ya que muchos de los elementos que forman la identidad actual de los países mencionados no fueron parte de nuestra evolución como país.

Nuestra herencia indígena fue casi borrada. Lo poco que sobrevivió quedó concentrado en pequeñas comunidades. No tuvimos una influencia africana tan marcada como otros países latinoamericanos con costas caribeñas o atlánticas. Las migraciones europeas generadas durante las guerras nunca llegaron en una escala suficiente para redefinirnos culturalmente.

"Jinetes". Foto: José Orellana.

Lo que quedó fue una especie de limbo de identidad atravesado por décadas de gobiernos militares, violencia política y una obsesión constante con la idea de “modernización”. El progreso se volvió prioridad y la identidad quedo en un segundo plano.

Ya en los sesenta y setenta existían salvadoreños haciéndose estas mismas preguntas, intentando descifrar qué significaba realmente ser de aquí. Pero esa búsqueda quedó suspendida por más de treinta años de guerra, posguerra y violencia de pandillas. La mayoría de aquellos que guardaban el conocimiento necesario para formar una respuesta a nuestra identidad se volvieron difíciles de acceder en un entorno de territorios controlados y acceso limitado. 

Encontrarlos se volvería tarea de aquellos pocos valientes que conservaron su convicción. Como resultado, durante años decir que eras salvadoreño en el extranjero venía acompañado de preguntas incómodas. La reacción casi siempre giraba alrededor de la violencia. ¿No te da miedo vivir ahí? ¿Es tan peligroso como dicen? ¿Qué es lo peor que te ha pasado? Explicar tu realidad a través del lente de sus peores momentos no era tan placentero.

Una integrante de la familia Hernández teje una hamaca en el piso de su casa, en un proceso donde el trabajo de las mujeres sostiene y da continuidad a este oficio artesanal. Foto: Quinta Esencia.

Ahora estamos en 2026 y el contexto actual nos está dando la apertura de explorar nuestro país como no se había hecho en décadas. Puede ser válido argumentar que utilizar una tendencia latina impulsada desde afuera es seguir perpetuando una influencia foránea, pero creo que es nuestra responsabilidad convertir lo que es tendencia en norma, continuando de forma permanente el deseo de descubrir lo que nos identifica ¿Será que el fin justificará los medios?

Existe siempre el riesgo de convertir la identidad en estética y la cultura en producto. Porque las tendencias son así, se consumen rápido, venden rápido y eventualmente buscan algo nuevo que explotar. Algunos se aprovecharán, pero quiero creer, con cierta inocencia, que serán más quienes se unan a esta búsqueda de identidad cultural por las razones correctas.

La generación que empezó a buscar en sus propias raíces
Tamal colado de chocolate, ponche candelareño con ron, mousse blanca de albahaca. Foto: El Xolo

La cultura no es estática. Se mueve con el tiempo y evoluciona respetando su herencia e identidad. Si partimos desde esta perspectiva, por años un grupo de personas han tocado este tema desde sus diferentes formas de expresión, preguntándose qué sonidos, qué imágenes, qué sabores y qué memorias realmente nos pertenecen.

Simón Vega, Natalia Domínguez, Alex Cuchilla y Juan Carlos Recinos llevan años reinterpretando desde el arte contemporáneo las tensiones entre historia, territorio e identidad. Lula Mena, Quinta Esencia Studio y Claudia y Harry Washington han tomado procesos artesanales que durante años fueron vistos como algo secundario y los han elevado a objetos de diseño.

Gracia Navarro y Alexander Herrera, desde El Xolo, están reconstruyendo una narrativa alrededor de ingredientes que históricamente fueron irrelevantes. Mientras tanto, fotógrafos como José Cabezas y Paula Rivera documentan la belleza de la cotidianidad salvadoreña sin necesidad de exotizarla.

Caminos de mesa hechos a mano. Foto: Lula Mena.

Incluso muchos artistas que crecieron fuera del país, como Studio Lenca, Jhon Rivas y Kevin Alexander, están regresando a reconectar con las imágenes y memorias que dejaron atrás.

Todas estas señales que parecieran ser independientes son en realidad, la muestra de una subcultura en crecimiento que ha dedicado su tiempo y talento a explorar sus raíces. El problema es que, al día de hoy, muchos de ellos todavía dirán que su trabajo sigue siendo más apreciado internacionalmente. 

Es momento de que esto cambie localmente, volviendo su exploración parte de nuestra cultura general. Porque las culturas reales casi nunca nacen desde campañas institucionales. Emergen lentamente, desde personas obsesionadas con entender quiénes son y de dónde vienen.

Espero que lo vemos ahora mismo en El Salvador sea una etapa temprana de redescubrimiento cultural. Una generación menos condicionada por los prejuicios del pasado y más dispuesta a construir un concepto de cultura realmente propio, arraigado en su herencia y en el orgullo de ser salvadoreños.

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