Studio Lenca, el artista salvadoreño radicado en el exterior, inauguró su primera exposición individual en El Salvador. Nueve piezas, un castillo y una pregunta que recorre toda la muestra: ¿qué significa ser salvadoreño cuando creciste lejos de serlo?
José Campos nació en Santiago Nonualco en 1986. Cuando tenía cuatro años, él y su madre cruzaron por tierra hacia Estados Unidos en las primeras olas de migración por la guerra civil. Ingresaron al país de forma ilegal. Esa condición, la del inmigrante que aprende a moverse por los márgenes, se volvería la columna vertebral de su identidad y más tarde de su obra.
En Estados Unidos trabajó junto a su madre limpiando casas, cuidando a sus hermanos, distribuyendo ejemplares del San Francisco Chronicle durante las noches de los fines de semana. Años después migró nuevamente, esta vez a Reino Unido, donde estudió en Goldsmiths University y en London Contemporary Dance School. La danza fue parte de su formación, aunque sobrevivir siempre ocupó el primer lugar.
Al hablar sobre cómo surgió Studio Lenca, Campos responde con honestidad. “Uso el lenguaje del Studio como una forma de reconocer cómo me convertí en artista y dónde ubico la creatividad. Mis recuerdos más tempranos de hacer arte son con mi madre, creando arreglos para quinceañeras”, confiesa. “Esa era una forma de hacer escultura de manera colaborativa. Me cuesta responder a la pregunta de cuándo empecé, porque siempre he sido esta persona, lo único que cambia ahora es que la gente está empezando a notarlo”, agrega.

El nombre lo dice todo. Studio es el espacio de experimentación. Lenca es el vínculo con sus raíces indígenas en Santiago Nonualco, municipio que sostiene activamente la tradición de Los Historiantes, esa danza en la que moros y cristianos disputan una batalla y los sombreros se construyen con flores y espejos. No es un gesto de representación nacional. Campos lo aclara sin rodeos. No pretende crear una imagen de lo salvadoreño. Es una búsqueda personal, la de un migrante que intenta resignificar quién era antes de entender quién es.
Su primera visita de regreso a El Salvador fue de adolescente, después de un terremoto, cuando obtuvo su primera green card. Desde entonces ha vuelto con una actitud de escucha. “Regreso e intento conectar con diferentes personas, artistas, curadores y sobre todo familia. Trato de escuchar sus historias, sus experiencias. Me encuentro observando profundamente, tratando de entender su contexto y sus vidas, porque de alguna manera eso me ayuda a entender quién soy yo”, dice.
La obra

Las figuras de Studio Lenca miran de frente. No piden permiso para ocupar el espacio. Se desprenden de las proporciones clásicas y se mueven con algo que recuerda a la danza, orgánico y con ritmo. Los sombreros aparecen como símbolo de refugio y como la posibilidad de pasar desapercibido, ese aprendizaje temprano del inmigrante indocumentado. Los rostros son siempre el mismo rostro genérico, el que no es nadie en particular pero lleva un poco de todos.
Su sitio web lo dice con claridad. “Las referencias de Studio Lenca a la materialidad y la representación de figuras majestuosas buscan descentralizar la idea colectiva de la identidad salvadoreña. Orgullosas, valientes y visibles. Todo aquello que un joven Studio Lenca no podía ser”. En Dubai y Corea, cuenta Campos, hay elementos como la hamaca que primero hay que explicar porque la audiencia no los reconoce. En El Salvador no hace falta. Aquí la obra respira diferente.
“Cositas” en El Castillo Venturoso

El lunes 2 de marzo de 2026 se inauguró “Cositas”, la primera exposición individual de Studio Lenca en El Salvador. Nueve piezas sobre canvas distribuidas en los espacios principales del primer piso de El Castillo Venturoso. Campos las creó en 18 días, en el mismo piso del castillo, a un promedio de dos días por obra. Por primera vez las firmó con su nombre de nacimiento, José Campos, porque esta exposición le dio la oportunidad de conciliar varios aspectos de su vida.
El título viene de una convicción sencilla. “Me gusta la idea de las cosas pequeñas que importan de maneras grandes. Encuentro poder en las cosas cotidianas, gestos, canciones, comida, lo que sea que a veces revela grandes recuerdos de El Salvador”, explica. Las ganancias de la venta de las obras serían destinadas a una organización benéfica, algo que el artista compartió en sus historias de Instagram antes de la inauguración.
La elección del espacio no fue casual. El Castillo Venturoso, con su arquitectura que oscila entre lo kitsch y lo ecléctico según quien lo mire, con su carga de morbo y misticismo urbano, resultó ser una mancuerna inesperadamente precisa para la muestra. “La obra es para el castillo y el castillo para la obra”, dijo Matia Borgonovo, curadora de la exposición.

Esa decisión tuvo además un efecto concreto sobre el público. El lugar convocó a personas que no frecuentan museos ni galerías, algo que se hizo visible en redes sociales, especialmente en TikTok, donde las publicaciones sobre “Cositas” acumularon comentarios de gente que buscaba asistir. Campos lo celebró sin reservas. “Me encanta esto porque me esfuerzo por incluir a tantas personas como quieran participar. Las primeras personas en ver esta colección fueron mi familia. Organicé una vista privada para ellos antes de que alguien más pudiera verla. Para la mayoría fue la primera vez que vieron mi trabajo o asistieron a una exposición”, apuntó.
Esa apertura hacia un público más amplio, sin embargo, encontró un vacío que vale la pena mencionar. La muestra no contó con texto de sala ni con los nombres de las obras visibles para el espectador general. Quien llegó sin contexto previo tuvo que construir su propia lectura sin ninguna guía. Es una decisión que recae en la parte organizadora más que en el artista, pero que en una muestra que apostaba justamente por llegar a nuevas audiencias, se sintió como una oportunidad perdida.
Reflexiones

A las cuatro de la tarde, la luz dentro del Castillo Venturoso envuelve las obras en una atmósfera de nostalgia. Es la luz que recuerda salir a comprar pan dulce, ese tipo de memoria que simplemente aparece. Es también la hora en que las figuras de Campos parecen moverse más, cuando las canvas proyectan sombras largas y los colores se calientan.
Cositas genera lecturas distintas según desde dónde se mire. Para quienes llegaron por primera vez a una exposición, las obras hablaron solas. Para quienes vienen de frecuentar galerías y espacios de arte contemporáneo, la conversación es otra, más exigente, más atenta a los referentes y al lugar que ocupa Studio Lenca dentro de un circuito global. Hay quienes consideran que un artista con esa proyección internacional debería usar su plataforma para señalar las problemáticas sociales que siguen afectando al país. Hay quienes leen sus figuras y atuendos como una tropicalización del imaginario popular salvadoreño. Son lecturas válidas, y el arte existe precisamente para provocarlas.
Pero reducir Cositas a eso sería ignorar el punto de partida de la obra. Lo que José Campos hace no es hablar por El Salvador ni construir una imagen de él. Lo que hace es algo más íntimo, resignificar su propia identidad, la de un niño que migró a los cuatro años y creció sin poder ser visible. Studio Lenca no explica El Salvador ni pretende representarlo. Usa lo que recuerda para decir quién es. Que ese proceso ocurra a través del arte y ante los ojos de todos es otra cosa.






