A pocas horas de una nueva edición de Moda por una causa, Juan Carlos Najarro habla sobre los desafíos de producir una pasarela benéfica, las oportunidades para el talento emergente y la apuesta por llevar el diseño al espacio público.
La moda salvadoreña todavía tiene una relación bastante cómoda con los espacios cerrados. Hoteles, salones y recintos privados han sido durante años los escenarios habituales de sus pasarelas, con una audiencia que conoce los códigos del espectáculo y puede pagar por estar ahí. Sacarla a la calle implica cambiar esa relación. Supone compartir el escenario con la ciudad, permitir que otros públicos se acerquen y aceptar que una pasarela también puede alterar la dinámica del lugar que ocupa.
Juan Carlos Najarro lleva varios años intentando mover esa frontera. Productor inquieto, ambicioso y determinado, comenzó a darle forma a Moda por una causa en 2019, con la intención de reunir a diseñadores nuevos y figuras reconocidas de la escena local alrededor de una propuesta que tuviera una dimensión social.
Este jueves 5 de noviembre, el proyecto regresa al Centro Histórico, esta vez al pasaje Morazán, contiguo a la Plaza Universitaria. Su insistencia en ocupar el espacio público tiene una intención concreta. Najarro quiere que la moda deje de ser un espectáculo reservado para quienes pueden pagar una entrada.

"Yo siempre soñé con salir del cajón, de no hacer un evento en un salón ni en un hotel y siempre visualizaba hacer la pasarela en lugares públicos", cuenta. La idea comenzó mucho antes de que Moda por una causa tuviera una primera edición. Najarro recuerda que desde 2012 imaginaba llevar los desfiles a espacios abiertos, inspirado por las imágenes de las capitales internacionales de la moda que veía en televisión y YouTube.
En aquel momento, las condiciones de San Salvador hacían difícil materializarlo. También había una motivación más personal. "Yo soñaba con hacer una pasarela en un espacio público donde la gente que no tiene capacidad económica para ir a ver un show, también pudiera ver el show. Yo fui uno que no tuvo dinero para pagar una entrada para un evento de moda", agrega.
"Yo soñaba con hacer una pasarela en un espacio público donde la gente que no tiene capacidad económica para ir a ver un show, también pudiera ver el show", Juan Carlos Najarro.
Esa experiencia explica parte de la identidad del proyecto. La calle funciona como una extensión de la pasarela, pero también como un punto de encuentro entre la industria creativa y personas que habitualmente quedan fuera de sus circuitos. Con el tiempo, la relación con la Alcaldía de San Salvador y la posibilidad de utilizar distintos espacios del Centro Histórico ampliaron el alcance de la iniciativa. Najarro empezó a pensar en Moda por una causa como una plataforma capaz de generar turismo de moda, una dinámica en la que las personas visitan determinados lugares para encontrarse con propuestas de diseño.
Una pasarela con algo más que diseño

La dimensión social del proyecto tiene un origen que también está atravesado por su historia personal. Najarro comenzó a planificar la primera edición el 12 de agosto de 2019. Menos de un mes después, el 5 de septiembre, su padre falleció a causa de un infarto. El evento ya estaba organizado y tenía invitados internacionales confirmados, entre ellos el diseñador nicaragüense Erick Bendaña y el mexicano Omar Merino. En medio del duelo, tuvo que decidir si continuaba con el proyecto o lo suspendía.
"Decidí hacerlo porque sentí que era lo que mi papá quería que yo continuara, quería que yo hiciera", recuerda. Aquella primera edición se realizó en el Museo de Arte de El Salvador, un espacio que entonces ya funcionaba como punto de encuentro para distintos proyectos de diseño salvadoreño. La decisión de sostener el evento terminó de darle forma a una idea que Najarro había concebido desde el voluntariado y su interés por encontrar otras maneras de contribuir a la sociedad.
Antes de producir pasarelas, había participado como voluntario en Olimpiadas Especiales, una experiencia a la que llegó por invitación de Luciana Sandoval. Esa cercanía con el trabajo social influyó en su lectura de la escena local. "Creo en hacer moda con propósito social, porque la mayoría de eventos en El Salvador están trabajando de manera comercial, o están dejando de lado esta parte benéfica". La diferencia, en su planteamiento, está en utilizar una industria que convoca atención, marcas, diseñadores y públicos para dirigir parte de esa energía hacia una causa.
"Creo que hacer moda con propósito social, porque la mayoría de eventos en El Salvador están trabajando de manera comercial, o están dejando de lado la parte social", Juan Carlos Najarro.
Este año, la beneficiaria será la Fundación para el Desarrollo de San Salvador. La elección responde a una situación concreta del Centro Histórico. En medio del proceso de recuperación de algunas calles, vendedores que han sido desalojados no siempre encuentran una oportunidad de reubicación en los mercados. La fundación trabaja con un programa de kioscos en distintos puntos de la ciudad, donde pueden continuar vendiendo mientras encuentran un espacio permanente. La recaudación de Moda por una causa busca contribuir a ese esfuerzo.
La elección también amplía el campo de acción de la plataforma. En ediciones anteriores, Najarro había priorizado organizaciones vinculadas con niños y adolescentes. Esta vez, la relación entre la causa y el lugar donde ocurre el desfile resulta particularmente significativa. La pasarela se instala en una zona atravesada por transformaciones urbanas y la recaudación se dirige a personas cuya actividad económica también está vinculada con el uso de la ciudad. La moda aparece aquí como un vehículo para llamar la atención sobre una realidad que normalmente no ocupa el centro de sus conversaciones.
Una escena que necesita nuevas oportunidades

En cuanto al diseño, la edición de este año busca combinar distintas generaciones y aproximaciones creativas. La diseñadora salvadoreña Mónica Arguedas tendrá el cierre de la pasarela, una decisión que rompe con la costumbre de reservar ese momento para un invitado internacional. "Siempre había cerrado un diseñador internacional, pero este año quise darle ese honor a un diseñador nacional", explica Najarro.
También participará Hermis Cárcamo, diseñador emergente que trabaja con upcycling y que presentará una colección desarrollada junto a Shopping Center. Charlie Mendoza ha preparado una colección junto al Depósito de telas. A esta selección se suma el colectivo de diseñadores de SMODA, vinculado con CONAMYPE, que trabaja en una colección con artesanos salvadoreños. Luciana Sandoval presentará una nueva propuesta de su boutique Está de moda. Su participación responde también a una relación de apoyo mutuo que Najarro reconoce como parte de la construcción de la plataforma.
La dimensión internacional llegará con Erick Bendaña, Cristina Marota y Adriana Rodríguez de Nicaragua, Lucía Palma, de Guatemala, y Michel Vera, diseñador colombiano representado por México Fashion Show. Para Najarro, estos intercambios permiten que los creadores conozcan otras escenas, establezcan relaciones y encuentren oportunidades fuera de sus mercados habituales. La intención es que el movimiento ocurra en ambas direcciones, que El Salvador reciba talento y que sus diseñadores también puedan llegar a otras plataformas de la región.
"Hay diseñadores que van en cola y que van creciendo y también van despuntando, que también necesitan oportunidades", Juan Carlos Najarro.
Pero detrás de la selección hay una preocupación que merece atención. Najarro considera que las oportunidades para los diseñadores emergentes siguen siendo limitadas y que buena parte del circuito continúa concentrado en los mismos nombres. "Creo que no existen plataformas que apoyen su trabajo y que todo esté sesgado o monopolizado, que sean los mismos y los mismos que van a todos los lugares, los mismos y los mismos a quien todo el mundo aplaude", señala.
Su crítica no pretende desconocer la trayectoria de quienes han sostenido la industria durante años. Apunta a la necesidad de ampliar el reconocimiento y permitir que otros perfiles desarrollen una carrera. "Hay diseñadores que van en cola y que van creciendo y también van despuntando, que también necesitan oportunidades". Es una discusión importante para una escena que necesita construir continuidad, generar públicos y encontrar mecanismos para que el talento nuevo no dependa exclusivamente de la visibilidad que puedan ofrecerle los nombres establecidos.
Najarro menciona el caso de Katya Galindo como un ejemplo de lo que puede ocurrir cuando una plataforma abre esa posibilidad. Artesana empírica, ganó un concurso de diseño organizado por Moda por una causa para desarrollar los uniformes de la Orquesta Sinfónica de San Salvador. A partir de esa experiencia participó en Nicaragua Diseña y surgieron nuevas oportunidades para llevar su trabajo a otros escenarios. Su recorrido permite dimensionar lo que está en juego cuando se amplían los criterios de selección y se reconoce el valor de propuestas que no necesariamente provienen de los caminos tradicionales de formación en diseño.
La moda también necesita compromiso

Sin embargo, sostener una iniciativa de esta naturaleza implica resolver una contradicción que Najarro conoce bien. Producir una pasarela requiere recursos, modelos, diseñadores, fotografía, logística y una estructura de trabajo. Durante varias ediciones, buena parte de lo recaudado terminaba destinada a la donación, incluso cuando eso significaba limitar el presupuesto de producción. Este año, la incorporación progresiva de marcas como aliadas le ha permitido distribuir mejor esos recursos. Aun así, el proyecto depende de una red de voluntarios que trabaja sin remuneración y de una gestión que, según cuenta, recae principalmente sobre él.
La dificultad mayor sigue estando en conseguir que el público entienda que asistir también es una forma de contribuir. Najarro habla de una cultura de las cortesías que complica los objetivos de recaudación. "La gente todo quiere regalado", dice. Cuenta que, cuando se acerca el evento, aparecen solicitudes de tarjetas, invitaciones y beneficios de personas que no necesariamente han acompañado el proyecto durante el resto del año. Mientras tanto, el propósito de la organización es reunir fondos para entregarlos a la institución beneficiaria.
Hay un detalle interesante en la manera en que está planteada la experiencia de este año. La pasarela ocurre en un espacio público y cualquier persona que transite por el lugar podrá verla. Pagar una entrada de $15 o $30 garantiza una silla y un cóctel, pero no es la única manera de acceder al espectáculo. Esa apertura, que constituye una de las principales apuestas de Moda por una causa, también hace más compleja la recaudación. ¿Cómo conseguir que alguien pague por apoyar una causa cuando puede disfrutar de la pasarela sin comprar una entrada?
"Yo quiero que Moda por una causa se convierta en la plataforma de moda benéfica de El Salvador", Juan Carlos Najarro.
La respuesta no depende únicamente de Juan Carlos Najarro. También tiene que ver con la relación que hemos construido con la moda local, con el valor que le damos al trabajo creativo y con nuestra disposición a financiar espacios que permitan desarrollarlo. Una industria no crece solamente cuando sus diseñadores consiguen reconocimiento. Necesita plataformas, circulación, intercambio, públicos dispuestos a consumir diseño nacional y oportunidades para quienes todavía están construyendo su nombre.
Moda por una causa todavía enfrenta el reto de convertir su convocatoria en una capacidad sostenida de incidencia social. Su ambición de consolidarse como una plataforma benéfica para la moda salvadoreña dependerá de que pueda reunir los recursos suficientes para que sus donaciones produzcan resultados tangibles. Pero también de que la escena creativa encuentre en proyectos como este un espacio para ensayar otras formas de colaboración y visibilidad.
Esta es una plataforma vale la pena seguirle la pista. No solamente por los nombres que reúne o por el lugar que ocupa, sino por las preguntas que deja abiertas sobre quiénes tienen acceso a la moda, quiénes reciben oportunidades para diseñarla y qué responsabilidad puede asumir una industria frente a su entorno. Si queremos pensar en el futuro de la moda centroamericana, ¿por qué no empezar por mirar con más atención a las plataformas que están intentando construirlo desde otros espacios?






