PISA 2025 ¿Qué pueden hacer los estudiantes salvadoreños con lo aprendido en la escuela?

La OCDE acaba de publicar los resultados de PISA 2025. Los datos sobre El Salvador abren una pregunta más amplia sobre qué están aprendiendo los jóvenes y cómo ese aprendizaje responde al país que estamos construyendo.

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Cada tres años, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos coordina el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes, mejor conocido como PISA. Con el tiempo, PISA se ha convertido en una de las evaluaciones educativas internacionales más influyentes, utilizada por gobiernos y especialistas para comparar sistemas educativos, identificar fortalezas y debilidades y orientar decisiones de política pública. La propia OCDE la considera un referente internacional para analizar la calidad, la equidad y la eficiencia de los sistemas educativos.

A diferencia de una evaluación nacional como AVANZO, cuyos instrumentos se construyen a partir del currículo salvadoreño, PISA no busca determinar cuánto han aprendido los estudiantes de un currículo específico. Su interés está en saber qué tan capaces son los jóvenes de alrededor de 15 años de utilizar lo aprendido para comprender situaciones, resolver problemas y tomar decisiones. En PISA 2025, la evaluación se concentró principalmente en ciencias, mientras que matemática y lectura fueron áreas secundarias. En otras palabras, PISA plantea una pregunta importante. Después de varios años en la escuela, ¿qué pueden hacer los jóvenes con lo que saben?

El alcance de la evaluación ayuda a entender por qué sus resultados reciben tanta atención. En PISA 2025 participaron más de 760,000 estudiantes de 91 países y economías. En El Salvador participaron 7,073 estudiantes de 278 centros educativos, representando a unos 77,000 jóvenes, equivalentes a cerca del 72% de la población total de 15 años del país. Además de una prueba de aproximadamente dos horas, los estudiantes y directores responden cuestionarios sobre sus experiencias, condiciones de aprendizaje y características de las escuelas. Esto permite que PISA no solo describa lo que los estudiantes saben y pueden hacer, sino también el contexto en el que ocurre ese aprendizaje.

El problema no es nuestro lugar en el ranking

Lo que suele atraer más atención de PISA es el ranking de países. En 2025, B-S-J-Z (China) y Singapur encabezaron el desempeño general, mientras Japón, Corea y Estonia se mantuvieron entre los sistemas con resultados más altos. El Salvador, por su parte, obtuvo resultados por debajo del promedio de la OCDE en ciencias, matemática y lectura y, entre los tres países centroamericanos participantes, quedó por debajo de Costa Rica y por encima de Guatemala. A primera vista, el panorama puede parecer desalentador. Sin embargo, quedarse únicamente con la posición del país limita buena parte del valor de PISA. Más importante que preguntarnos contra quién ganamos o perdemos es examinar qué pueden hacer nuestros estudiantes y dónde están sus principales dificultades. 

Además, comparar países es más complejo de lo que sugiere una tabla de posiciones. Para que la comparación sea justa, las preguntas deberían medir las mismas habilidades y funcionar de manera similar para estudiantes de distintos idiomas y contextos, una propiedad conocida como invarianza de medición. PISA utiliza rigurosos procesos de traducción y análisis para acercarse a este objetivo, aunque ninguna evaluación internacional puede eliminar por completo las diferencias culturales y lingüísticas. También utiliza un marco común internacional, y no el currículo particular de cada país, por lo que la exposición previa de los estudiantes a determinados contenidos y formas de resolver problemas puede variar entre sistemas educativos. Finalmente, los puntajes son estimaciones obtenidas a partir de muestras y contienen cierto grado de incertidumbre o error. Por estas razones, el ranking es útil como referencia, pero no constituye una medida absoluta de cuál sistema educativo es “mejor”. Para El Salvador, resulta más útil mirar detrás de esa posición y preguntarnos qué revela PISA sobre lo que nuestros estudiantes saben y pueden hacer.

Hay progreso, pero todavía desde un punto de partida muy bajo

Para saber si El Salvador mejoró entre la aplicación anterior en 2022 y la actual, conviene no fijarse únicamente en si el puntaje promedio subió algunos puntos. En PISA, una diferencia pequeña en la puntuación no necesariamente implica un cambio importante en lo que los estudiantes son capaces de hacer. Una forma más útil de interpretar los resultados es observar los niveles de competencia, que agrupan a los estudiantes según las tareas que pueden resolver. El Nivel 2 se considera un punto de referencia básico, ya que alcanzarlo significa, por ejemplo, poder utilizar matemáticas en una situación sencilla, identificar la idea principal de un texto o utilizar conocimientos científicos para valorar una conclusión a partir de evidencia.

Desde esa perspectiva, el punto de partida sigue siendo preocupante. En 2025, apenas 12% de los estudiantes salvadoreños alcanzó el Nivel 2 o superior en matemática, 29% en lectura y 35% en ciencias. Esto significa que la mayoría todavía se encuentra por debajo de ese nivel básico. Por eso, hablar de mejoría no significa decir que el problema está resuelto. Un sistema puede avanzar y, al mismo tiempo, seguir teniendo resultados muy bajos. El punto de partida importa: en un salón de 30 estudiantes, estos resultados equivaldrían aproximadamente a que solo 4 alcanzaran el nivel básico en matemática, 9 en lectura y 11 en ciencias.

La señal más positiva aparece en ciencias. Entre 2022 y 2025, el puntaje promedio pasó de 373 a 385 puntos, mientras que matemática pasó de 343 a 346 y lectura de 365 a 366. La OCDE considera que el cambio en ciencias representa una mejora, mientras que en matemática y lectura el desempeño se mantuvo aproximadamente estable. Más importante aún, la proporción de estudiantes por debajo del Nivel 2 en ciencias disminuyó seis puntos porcentuales. Es una señal que vale la pena reconocer y estudiar, porque muestra que más estudiantes alcanzaron competencias básicas que tres años atrás.

Data Lab | Medianamag.com
Umbrales de aprendizaje • PISA 2022 vs. 2025

¿Cuántos estudiantes alcanzan las competencias básicas de PISA?

Los niveles de PISA permiten traducir los puntajes a algo más concreto. El Nivel 2 funciona como una referencia de competencia básica, aunque su significado es distinto en cada área. Aquí puedes comparar qué proporción de estudiantes salvadoreños alcanzó al menos ese nivel en 2022 y 2025.

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Ciencias

Foco central 2025
Nivel 2 o + en 202229.1%
Nivel 2 o + en 202535%+5.9 puntos porcentuales
¿Qué significa alcanzar al menos el Nivel 2?

Reconocer la explicación científica correcta para fenómenos familiares y, en casos sencillos, determinar si una conclusión es válida a partir de los datos proporcionados.

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Lectura

Área complementaria
Nivel 2 o + en 202228.0%
Nivel 2 o + en 202529%+1 punto porcentual
¿Qué significa alcanzar al menos el Nivel 2?

Identificar la idea principal de un texto de extensión moderada, localizar información siguiendo criterios explícitos, aunque a veces complejos, y reflexionar sobre el propósito y la forma del texto cuando se le indica hacerlo.

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Matemática

Área complementaria
Nivel 2 o + en 202210.7%
Nivel 2 o + en 202512%+1.3 puntos porcentuales
¿Qué significa alcanzar al menos el Nivel 2?

Interpretar y reconocer, sin instrucciones directas, cómo una situación sencilla puede representarse matemáticamente, por ejemplo comparando la distancia total de dos rutas o convirtiendo precios a otra moneda.

Ciencias 202535%
Lectura 202529%
Matemática 202512%
Fuentes: PISA 2022 Results, Volume I y PISA 2025 Results, Country Note: El Salvador (OCDE). Data Lab | Medianamag.com

El problema tampoco parece comenzar a los 15 años. Una estimación internacional del Banco Mundial y UNESCO, basada en datos previos a la pandemia, calculó que 69% de los niños salvadoreños no alcanzaba la competencia mínima en lectura al final de la primaria. Aunque este indicador no mide exactamente lo mismo que PISA, apunta en la misma dirección y sugiere que parte de las dificultades observadas en la adolescencia se viene acumulando desde años anteriores.

El contexto también importa

Los promedios nacionales dicen algo importante, pero esconden que los estudiantes no llegan a PISA con las mismas oportunidades. Una de las diferencias más claras aparece según el nivel socioeconómico. En ciencias, los estudiantes salvadoreños del 25% con mayores recursos económicos, sociales y culturales obtuvieron, en promedio, 73 puntos más que quienes se encontraban en el 25% con menores recursos. Esto no significa que la pobreza determine automáticamente cuánto aprende una persona, pero sí que las condiciones en las que crece y estudia están relacionadas de manera importante con sus oportunidades de aprendizaje. 

Sin embargo, esa desventaja no determina inevitablemente los resultados. PISA denomina académicamente resilientes a los estudiantes que, estando entre el 25% más desfavorecido de su país, logran ubicarse entre el 25% con mejores resultados. En El Salvador, aproximadamente uno de cada diez estudiantes desfavorecidos alcanzó este nivel en ciencias, una proporción cercana al 12% observado en promedio en la OCDE. Este grupo resulta especialmente relevante porque muestra que las desventajas pueden ser compensadas, al menos en parte, y abre una pregunta importante: ¿qué ocurre en sus escuelas, familias y experiencias educativas que favorece su aprendizaje? PISA no puede responderla por sí sola, pero sí señala dónde conviene investigar con mayor profundidad.

Las oportunidades de mejora también están dentro de la escuela

Una parte importante de esas pistas está dentro de la propia escuela, en las condiciones cotidianas que pueden facilitar o dificultar el aprendizaje. En El Salvador, 38% de los estudiantes reportó haber faltado al menos un día completo de clases en las dos semanas anteriores a la prueba, y 25% señaló haber sufrido bullying varias veces al mes o más. Estos datos recuerdan que el aprendizaje no depende únicamente de qué se enseña, sino también de cuánto tiempo logra pasar un estudiante en clase, si puede concentrarse y si se siente seguro dentro de la escuela. Un currículo puede estar bien diseñado y un docente puede estar preparado, pero sus efectos se reducen cuando la asistencia es irregular o el ambiente escolar dificulta aprender. Por eso, mejorar los resultados no pasa solamente por revisar contenidos o métodos de enseñanza, sino también por asegurar condiciones básicas para que el aprendizaje pueda ocurrir.

Las condiciones materiales y el uso de la tecnología forman parte del mismo panorama. En El Salvador, la mitad de los estudiantes asiste a escuelas donde la infraestructura dificulta, al menos en alguna medida, la enseñanza, según sus directores. Al mismo tiempo, la tecnología plantea un reto distinto. Puede ampliar las oportunidades para aprender, pero también competir por la atención dentro del aula. PISA muestra que la distracción por dispositivos se relaciona con un menor desempeño, mientras que 40% de los estudiantes ya utiliza chatbots de inteligencia artificial para aprender al menos una vez por semana. La pregunta, entonces, no es solo cuánto acceso tienen las escuelas a tecnología, sino para qué y cómo se utiliza. En un contexto en el que la inteligencia artificial ya forma parte de la experiencia escolar de muchos jóvenes, la oportunidad está en enseñarles a contrastar información, cuestionar respuestas y utilizar estas herramientas como apoyo al aprendizaje.

También hay señales positivas sobre las cuales construir. Más de ocho de cada diez estudiantes reportan que su docente de ciencias se interesa por su aprendizaje, continúa enseñando hasta que comprendan y ofrece ayuda adicional cuando la necesitan. Este apoyo docente es una fortaleza importante, pero por sí solo no basta. Para que pueda traducirse en mejores aprendizajes, los docentes necesitan estudiantes que asistan con regularidad, aulas donde sea posible concentrarse, recursos adecuados y herramientas pedagógicas para aprovechar la tecnología. PISA no nos dice qué intervención producirá mejores resultados, pero sí sugiere que mejorar la educación salvadoreña no significa empezar desde cero, sino fortalecer lo que ya funciona y remover las condiciones que dificultan que ese esfuerzo tenga mayor impacto.

En última instancia, PISA no debería leerse como una sentencia sobre la educación salvadoreña, sino como una oportunidad para verla con mayor claridad. Los resultados muestran avances puntuales, rezagos profundos y desigualdades, pero también fortalezas sobre las cuales es posible construir. El desafío no es mejorar un puesto en una tabla, sino preguntarnos qué tipo de país estamos formando con las capacidades que hoy desarrollan nuestros jóvenes. Si El Salvador aspira a impulsar la innovación, la tecnología y el talento local, necesita una base educativa que permita a cada vez más estudiantes comprender lo que leen, razonar ante un problema, evaluar evidencia y seguir aprendiendo. Por eso, mejorar estos aprendizajes es una condición para el desarrollo económico y social que el país quiere alcanzar.

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