¿Qué es Palmeras cansadas? La exposición del MARTE que cuestiona nuestra mirada sobre el trópico

Artistas salvadoreños e internacionales participan en una muestra del Museo de Arte de El Salvador que revisa el paisaje tropical como un espacio atravesado por la memoria, el desplazamiento, el colonialismo y la explotación.

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Adentrarse en la sala Toño Salazar y la rampa del Museo de Arte de El Salvador (MARTE) para recorrer “Palmeras cansadas” exige despojarse de la imagen turística del trópico. En esta exhibición transnacional, impulsada junto al Foro Cultural de Austria en México, el Ministerio Federal de Austria (BMKÖS) y el espacio independiente Le Cube de Marruecos, la palmera abandona la lectura botánica para mostrarse como un expediente político, social e histórico. 

La propuesta cuestiona el uso de la naturaleza como herramienta de lavado verde “greenwashing” destinada a encubrir dinámicas de poder y violencia estructural. Lejos de funcionar como una escenografía paradisíaca, el paisaje se revela aquí como un organismo exhausto por las tensiones del extractivismo, el desplazamiento forzado y la memoria del conflicto.

Surgida de una inquietud en Austria y tras recorrer Rabat en 2022 y Seúl en 2024, la muestra aterriza en San Salvador mutando su estructura para entablar un diálogo horizontal entre creadores internacionales y nacionales. El vínculo fue posible gracias al artista Víctor Hugo, quien conectó a las instituciones tras haber reflexionado ampliamente sobre la movilidad humana. 

Markus Waitschacher y Elisabeth Piskernik concibieron "Palmeras cansadas" a partir de la obsesión del norte global por importar una imagen artificial del paraíso. La muestra desplaza al ser humano del centro y convierte la palmera en archivo de crisis políticas, ecológicas e históricas. Foto: Mediana.

Desde la dirección del MARTE, Eugenia Lindo sitúa la exhibición dentro de una indagación constante sobre la construcción de la identidad. "Tú solo sabes quién sos cuando te enfrentás a otra persona, a otra cultura y a otras maneras de entender, de mirar el mundo", sostiene Lindo al explicar el valor de confrontar la memoria local con discursos globales. 

Para la directora del museo, la imagen del trópico que se consume sin cuestionar suele encubrir dinámicas complejas, pues "el legado colonialista sigue exotizando ciertas cosas, obviando las realidades, los matices, las luchas", reflexiona. 

Frente a la tentación de reducir la naturaleza a una postal decorativa, Lindo defiende la función provocadora del espacio museográfico. "El arte tiene que ser desafiante, el arte tiene que invitarnos a pensar", cuenta Lindo, recordando que la fuerza de la muestra reside en descontextualizar los símbolos cotidianos para detonar reflexiones profundas en el espectador.

La palmera como archivo político
En los paisajes de Antonio Romero, la imagen idílica del trópico se desvanece para revelar las marcas de la opresión, el conflicto y la violencia sobre un territorio históricamente intervenido. Foto: Mediana.

Ese impulso por alterar la perspectiva habitual articula las posturas de la curaduría internacional. Elisabeth Piskernik relata que el proyecto germinó al notar la incongruencia de ver palmeras importadas en la campiña austriaca, un detalle que la llevó a cuestionar las cargas culturales asignadas a la vegetación. "Las palmeras están cansadas de todas las proyecciones que ponemos sobre ellas", afirma Piskernik, agregando que las especies vegetales funcionan como testigos silenciosos capaces de guardar memoria de traumas sociales y despojos que la historia humana ignora. 

Por su parte, Markus Waitschacher recalca que la exhibición no intenta ser un tratado botánico, sino una plataforma viva que muta en cada destino. "Si cambias el foco de tu mirada de un mundo centrado en lo humano a un mundo centrado en la palmera, obtienes una percepción totalmente distinta del planeta", sostiene Waitschacher, mientras Piskernik celebra el diálogo con los artistas salvadoreños, destacando la riqueza de una escena local con múltiples capas de interpretación donde el sentido crítico se revela a medida que el visitante profundiza en la obra.

El equipo curatorial, integrado por Elisabeth Piskernik, Markus Waitschacher, Jaime Izaguirre y Antonio Romero, estructuró una itinerancia viva que se adapta al contexto local. En palabras de Waitschacher, la palmera no es solo un ícono del paisaje, sino un eje para pensar las heridas globales. "La palmera, como símbolo de toda la naturaleza, está cansada de los problemas climáticos, de la falta de agua y del abuso de las prácticas coloniales", explica el curador austriaco. 

Por su parte, Antonio Romero destaca cómo la noción de “greenwashing” o ecopostureo opera como una narrativa impuesta desde las esferas de poder para alterar nuestra percepción del entorno. "Cuando hacemos un lavado con la construcción del paisaje, estamos hablando de un lavado de cara en absoluto", puntualiza Romero.

El paisaje también guarda memoria
Un viento artificial activa los dibujos de Katrin Ströbel. Las palmeras de la isla de Gorea, en Senegal, aparecen como testigos de la trata transatlántica de esclavos y del trauma colonial. Foto: Mediana.

El recorrido museográfico encuentra su columna vertebral en la pintura “Sumpul” (1984) de Carlos Cañas, una pieza que transforma el territorio salvadoreño en un archivo histórico de dolor, violencia y resistencia. A su alrededor, la fragilidad vegetal adquiere densidad crítica. En “Tropical sculptures: the possibility of impossibility”, Víctor Cruz y Hugo Portillo utilizan madera y hojas de banano para desmantelar la escenografía del trópico. 

Cerca de allí, los dibujos en carbón de Mauricio Esquivel, elaborados a partir de hojas secas recolectadas durante su exilio en Nueva York, abordan a la flora como sujetos migratorios atravesados por el desarraigo. En esa misma línea de memoria y colonialismo, los dibujos de Katrin Ströbel en “Île de Gorée”, activados por el viento artificial de ventiladores, señalan a las plantas como testigos silenciosos de la trata transatlántica.

Gabriela Novoa utiliza fábulas textiles para vincular el cuerpo femenino con la tierra, la escasez de agua y el extractivismo, alejándose de la imagen superficial del trópico para situar las luchas locales en el paisaje. Foto: Mediana.

Al avanzar por la rampa del museo, las tensiones contemporáneas se acentúan. Ronald Morán recurre al alambre razor para moldear delicadas formas orgánicas nacidas durante el confinamiento de 2020, evidenciando cómo la arquitectura de la vigilancia convierte el espacio de refugio en reclusión. A su lado, los paisajes sombríos de Antonio Romero, intervenidos con manchas celestes, exponen las dinámicas de dominación sobre el suelo local, mientras el registro fotográfico de German Hernández contrapone la exuberancia vegetal con la precariedad urbana. 

La respuesta corporal y la resistencia del ecosistema aparecen en las fábulas bordadas de Gabriela Novoa, quien aborda la escasez de agua vinculando el cuerpo femenino con el territorio. Novoa señala que su propuesta busca alejarse de esa "idea banal del trópico" para situar las vivencias locales en el centro de la lucha. Finalmente, la mercantilización de lo vivo es confrontada por Regula Dettwiler mediante plantas industriales que simulan la naturaleza, mientras Edith Payer instala un dormitorio de las décadas de 1970 y 1980 donde las palmeras reemplazan al sujeto humano. Piskernik subraya este desplazamiento de la mirada hacía, "las plantas son testigos silenciosos que pueden recordar traumas y conmociones porque tienen otro lenguaje".

Lo que queda fuera de la postal
Ronald Morán utiliza alambre de seguridad para construir formas vegetales que evocan las tensiones del confinamiento y una arquitectura de vigilancia capaz de transformar el refugio en reclusión. Foto: Mediana.

La muestra en el MARTE, abierta al público hasta marzo de 2027, nos coloca frente a un espejo incómodo. “Palmeras cansadas” no pretende ser una lección de botánica ni una contemplación pasiva, sino una provocación sobre el modo en que consumimos y desgastamos la realidad. Al despojar a la palmera de su disfraz festivo y convertirla en archivo de la violencia y la resistencia, la exhibición interroga la complicidad de nuestras propias miradas. 

¿Hasta qué punto la fascinación por la belleza del paisaje nos ha servido para anestesiar la memoria histórica de los territorios que habitamos? ¿Es posible desmantelar las proyecciones coloniales cuando el entorno natural sigue siendo tratado como un recurso estético intercambiable? El verdadero desafío que deja flotando la muestra en las salas del museo es entender si la fatiga vegetal que observamos no es más que el reflejo directo del agotamiento de nuestra propia estructura social.

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