Artistas salvadoreños exponen en Berlín sobre migración y pertenencia

The Fire Theory reúne en un apartamento de Berlín obras de artistas salvadoreños que abordan la migración y la pertenencia desde la memoria, el desplazamiento y la experiencia de habitar lejos de casa.

Antes de recorrer “Mi casa no es su casa” hay que cruzar una frase. En la entrada del apartamento donde se instaló la exposición, un pequeño tapete bordado a mano recibe al visitante con las palabras que dan título a la muestra. "Mi casa no es su casa". El objeto ocupa el lugar de aquello que normalmente anuncia hospitalidad, pero cambia el sentido de la bienvenida. Entrar supone aceptar, desde el inicio, que estar dentro de una casa no significa necesariamente pertenecer a ella.

La exposición fue inaugurada el 28 de julio de 2026 en un apartamento de Grainauer Straße 19, en Berlín, y puede visitarse exclusivamente bajo reservación. Es presentada por The Fire Theory, con curaduría de Mauricio Esquivel y asistencia curatorial de Mauricio Kabistán, como parte de los proyectos desarrollados durante la residencia de un año del colectivo en la edición 2026 del DAAD Programa de Artistas en Berlín.

La obra de Antonio Romero, pertenece a una serie de retratos en acrílico y carbón que aborda la identidad fragmentada, la vigilancia y el ocultamiento, además de los efectos del desplazamiento y el autoritarismo sobre la experiencia individual. Foto: Cortesía The Fire Theory.

La elección de un apartamento determina buena parte de la lectura. Aquí la migración se observa desde habitaciones, pasillos, objetos y una cocina. El espacio privado adquiere una dimensión política porque aquello que suele asociarse con protección y permanencia aparece atravesado por la incertidumbre, la negociación, la nostalgia y la transformación. El planteamiento curatorial lo formula como un intento por convertir el espacio doméstico en "un lugar temporal para reflexionar sobre la emigración, el desplazamiento, las fronteras, el sentido de pertenencia y la transterritorialidad".

El origen conceptual de la muestra se encuentra en una obra de Eduardo Chang presentada en "Residente permanente por vínculo", exposición realizada en 2009 en el Centro Cultural de España en San Salvador. La referencia resulta coherente con una práctica que, según su biografía, ha explorado temas relacionados con el poder, la migración y el arraigo a través de medios gráficos, objetos e instalaciones. Chang nació en San Salvador y actualmente vive y trabaja en Curridabat, Costa Rica.

Ese desplazamiento entre lugares también atraviesa las trayectorias de varios participantes. Danny Zavaleta vive y trabaja en Toronto. Verónica Vides se estableció un tiempo en la Patagonia argentina en 2011. Hugo Portillo vive y trabaja entre Austria y El Salvador. Mauricio Esquivel desarrolla su vida entre Nueva York y Berlín. El propio mapa humano de la exposición se encuentra disperso antes de que las obras comiencen a hablar sobre migración.

Josefina Paz realizó su obra en las dunas de Santa Teresa, Nuevo México. La pieza aborda la migración como un tránsito entre territorios y relaciona ese movimiento con la resiliencia y los límites entre la vida y la muerte. Foto: Cortesía The Fire Theory.

La exposición evita construir una sola representación del movimiento migratorio. José Cabezas trabaja desde la fotografía documental con imágenes de caravanas migrantes y deportaciones. Junto a ellas aparecen fotografías analógicas de paisajes salvadoreños vistos desde su belleza y desde su vulnerabilidad social. La convivencia entre ambos registros abre una tensión importante. El territorio del que se parte también puede contener aquello que atrae, aquello que expulsa y aquello que permanece en la memoria una vez que la distancia se ha instalado.

En "Horizontes", Lucy Tomasino se aproxima a las fronteras desde otra escala. Utiliza impresiones fotográficas inestables hechas con tintes extraídos de flores que crecen detrás de los muros de residencias privadas separadas por estratos sociales. La frontera deja entonces de ser solamente una línea entre países. Puede levantarse dentro de una misma ciudad y formar parte del paisaje cotidiano. El muro separa, pero detrás de él continúa creciendo una materia que Tomasino incorpora físicamente a la imagen.

Las pinturas de Gerardo Gómez trasladan el recorrido hacia escenas de la vida cotidiana salvadoreña construidas desde perspectivas exageradas y una observación personal. Su biografía describe una práctica que oscila entre lo real y lo surreal y que, en ocasiones, toma como punto de partida la ciudad y sus habitantes. En una exposición atravesada por partidas y desplazamientos, detenerse en lo cotidiano también introduce otra pregunta. Qué fragmentos de un lugar se vuelven portátiles cuando una persona deja de habitarlo.

La participación de José Cabezas en la muestra combina fotografías documentales de caravanas migrantes y deportaciones con imágenes analógicas del paisaje salvadoreño, donde el territorio aparece atravesado por su belleza y vulnerabilidad social. Foto: Cortesía The Fire Theory.

Una de las piezas que concentra de manera más directa esa relación entre memoria y desplazamiento pertenece a Danny Zavaleta y Mauricio Esquivel. Ambos presentan un visor View-Master que solo puede utilizar una persona a la vez. En sus imágenes aparece el artista patinando frente a una arquitectura marcada por grafitis de pandillas en una zona vulnerable a la violencia en El Salvador, antes de su proceso de emigración. El formato condiciona la experiencia. No existe una mirada simultánea ni colectiva. Para acceder a esa memoria hay que acercarse, ocupar el visor y mirar individualmente.

Frente a esta pieza aparecen los retratos en acrílico y carbón de Antonio Romero, vinculados con la identidad fragmentada, la vigilancia, el ocultamiento y los efectos psicológicos del desplazamiento y el autoritarismo. La exposición empieza así a desplazar su atención desde el recorrido físico entre territorios hacia las alteraciones que ese movimiento puede producir sobre la manera en que una persona se reconoce, se protege o decide mostrarse.

Entre los retratos se encuentra el videoperformance de Lissania Vatra. La artista escarba la tierra con una cuchara mientras reflexiona sobre la inestabilidad, la fragilidad y el deseo de estar en otro lugar. El gesto tiene algo deliberadamente insuficiente. Una cuchara sirve para comer, medir o llevar algo a la boca. Aquí se convierte en una herramienta para intervenir la tierra. La escala del objeto frente a la tarea introduce una fricción entre deseo y posibilidad que permite leer el desplazamiento desde el cuerpo y desde el esfuerzo.

"Horizontes", de Lucy Tomasino, registra fronteras sociales y físicas mediante impresiones fotográficas inestables realizadas con tintes extraídos de flores que crecen detrás de los muros de residencias privadas separadas por estratos sociales. Foto: Cortesía The Fire Theory

Josefina Paz sitúa otra obra en las dunas de Santa Teresa, Nuevo México, donde aborda la migración como un espacio de resiliencia y transición entre territorios, entre la vida y la muerte. Su propia práctica parte de tensiones vinculadas con frontera, territorio, identidad y migración y se desarrolla mediante dibujo, escritura, textil, sonido, instalación y performance. En su trabajo, el movimiento aparece también como una forma de conocimiento y atención.

Verónica Vides amplía todavía más el concepto de adaptación. Su pieza relaciona migración y supervivencia ecológica y propone al ser humano como parte de un ecosistema regenerativo. En el registro de un performance realizado en Madrid, Vides se camufla con elementos naturales recolectados de su entorno. La adaptación adquiere aquí una dimensión física. Habitar otro espacio implica observarlo, encontrar materiales y establecer una relación con aquello que ya existe alrededor.

El recorrido termina en la cocina. Allí, Víctor Cruz & Hugo Portillo presentan una planta de banano erguida en medio de un paisaje nevado. La pieza conecta con la historia que sostiene el nombre artístico de Víctor Cruz & Hugo Portillo. Víctor Hugo Portillo Cruz divide su nombre en dos figuras e incorpora a su práctica el legado de su abuelo, Víctor Cruz, un campesino salvadoreño que consideraba entre sus mayores logros haber trabajado en plantaciones de banano en Guatemala.

Lissania Vatra registra un videoperformance en el que la artista escarba la tierra con una cuchara. El gesto sitúa la inestabilidad, la fragilidad y el deseo de encontrarse en otro lugar dentro de una acción física deliberadamente limitada. Foto: Cortesía The Fire Theory.

La imagen final concentra buena parte de las tensiones de la muestra. Una planta asociada a una memoria familiar permanece de pie en un entorno que parece ajeno a sus condiciones habituales. El texto curatorial habla de nostalgia y de "la experiencia emocional de habitar espacios ajenos". Después de recorrer fotografías, muros, retratos, tierra, cuerpos y desplazamientos, la exposición lleva esa pregunta hasta una cocina, uno de los espacios más vinculados con las rutinas domésticas.

Hay una decisión material que resulta especialmente pertinente. "Mi casa no es su casa" fue concebida en un formato íntimo y de pequeña escala, capaz de trasladarse dentro de un equipaje pequeño. La exposición habla de desplazamiento mientras adopta, ella misma, una condición transportable. Las obras pueden cruzar territorios y volver a organizarse dentro de una vivienda temporal. Esa movilidad evita que la discusión ocurra únicamente en el contenido. También aparece en la forma de producir y presentar la muestra.

The Fire Theory trabaja precisamente desde esa lógica colectiva. Fundada por Ernesto Bautista en 2010 y actualmente integrada por Melissa Guevara, Mauricio Kabistán, Mauricio Esquivel y Crack Rodríguez, la plataforma articula producción artística, curaduría, teoría y gestión de espacios con el propósito de producir conocimiento y discutir las relaciones entre el arte contemporáneo y los contextos sociales que lo atraviesan.

Gerardo Gómez traslada la vida cotidiana salvadoreña a la pintura mediante perspectivas exageradas y una observación personal del entorno, en una práctica que también se mueve entre referencias reales y construcciones surgidas de la imaginación. Foto: Cortesía The Fire Theory

En Berlín, esa práctica encuentra una forma concreta en un apartamento al que se entra con reservación y donde cada habitación modifica el sentido de las obras. Es difícil separar esta muestra del lugar que la contiene. Una galería podría ofrecer distancia. Una casa obliga a preguntarse quién vive allí, quién puede entrar, quién tiene permiso para quedarse y durante cuánto tiempo.

Lo que empieza como una exposición sobre desplazamiento termina poniendo en duda algo mucho más cercano. Qué significa tener una casa. El hogar suele pensarse como una certeza, pero para quienes viven entre territorios también puede ser una construcción móvil, una acumulación de objetos, recuerdos, lenguajes y hábitos que deben reorganizarse cada vez que cambia el lugar. La exposición no intenta resolver esa contradicción. La coloca dentro de habitaciones donde pertenecer y estar presente dejan de significar exactamente lo mismo.

También obliga a revisar la palabra casa desde la propiedad. ¿Cuándo un espacio empieza a ser nuestro? ¿Basta con vivir allí? ¿Hace falta recordar allí? ¿Puede una persona seguir llamando casa a un territorio que ha dejado atrás durante años? ¿Qué ocurre cuando los recuerdos de un lugar sobreviven con mayor estabilidad que la posibilidad de regresar?

La exposición parte de una pieza presentada por el artista Eduardo Chang en "Residente permanente por vínculo" en 2009, un antecedente desde el que la muestra retoma las contradicciones de las fronteras, la migración, el desplazamiento y la transterritorialidad. Foto: Cortesía The Fire Theory

El tapete de la entrada vuelve entonces a aparecer mentalmente al final del recorrido. "Mi casa no es su casa". La frase puede funcionar como advertencia, frontera o reconocimiento incómodo. Tal vez ninguna casa sea completamente transferible. Cada una contiene códigos, pérdidas y memorias que una visita apenas alcanza a rozar.

La migración también obliga a convivir con esa imposibilidad. Se puede llegar, adaptarse, reconstruir rutinas e incluso permanecer. Pero el sentido de pertenencia no necesariamente obedece al tiempo ni a una dirección postal. Cuánto de una casa necesitamos llevar con nosotros para seguir sintiendo que todavía tenemos una.

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