Crónicas Urbanas, la muestra de Roberto Melara en Espacio 42B, recogió más de dos décadas de observación en el centro histórico de San Salvador. El artista trabajó sobre figuras y dinámicas que la ciudad fue borrando con el paso del tiempo.
Roberto Melara habla de San Salvador sin urgencia. No hay nostalgia forzada ni discursos grandilocuentes sobre la pérdida. Más bien, hay una especie de aceptación tranquila, como quien ha visto transformarse un paisaje tantas veces que ya no intenta detenerlo, sino entenderlo mientras ocurre. En esa forma de mirar se instala “Crónicas urbanas”, la muestra que presentó en Espacio 42B bajo la curaduría de Mauricio Kabistan.
Antes de llegar al grabado, antes incluso de pensar en la ciudad como tema, Roberto era un joven que no terminaba de encajar en el sistema educativo. Le costó terminar el bachillerato. No encontraba sentido en la dinámica de estar sentado escuchando. Había una inquietud que no encontraba forma. En ese momento, la posibilidad más concreta era seguir el oficio familiar de la carpintería. Venía de ahí. Su padre trabajaba la madera, y él había aprendido a convivir con ese lenguaje de herramientas, texturas y paciencia.

El giro no fue dramático. Fue casi accidental. Un día entró al campus de la Universidad de El Salvador y vio a unos estudiantes trabajando en escultura. Ese momento activó algo que ya estaba ahí, el recuerdo de la madera, del trabajo manual, de su padre. De regreso a casa, le dijo a su madre que había encontrado una carrera donde “solo había que dibujar, pintar, trabajar”. En esa frase hay una intuición que después se volvería en su método.
Entró en 1996 a estudiar artes plásticas. El grabado apareció dentro del pensum, casi como una materia más. Pero algo en esa técnica lo atrapó. Más adelante, una beca en Japón en 2003 terminaría de consolidar esa relación. Seis meses estudiando gráfica, madera, metal, dibujo. Fue como una ampliación del lenguaje que ya dominaba. Desde entonces, no ha dejado la gráfica.
Pero la historia de Roberto no se puede contar sin la ciudad. Su primer archivo no fue académico. Fue doméstico. Acompañaba a su padre al centro de San Salvador los fines de semana, a comprar materiales en ferreterías. En esos recorridos, su padre le hablaba de las calles, de las casas, de los detalles constructivos. Le enseñaba a mirar. La Casa Munguía, por ejemplo, no era solo una casa. Para él fue una lección sobre madera, lámina forjada, e historia. Ahí empezó todo.

Más tarde, ya como estudiante, el centro se convirtió en su taller abierto. La plaza Barrios, la Morazán, la Libertad, el parque Bolívar. Se sentaba a dibujar. Hacía apuntes rápidos, bocetos, trazos gestuales. No buscaba todavía construir una obra final, sino capturar escenas. Vendedoras de café, carretillas intervenidas, coches convertidos en puestos de venta. También era cliente. Compraba café, panes con casamiento. Había una relación directa, cotidiana, sin distancia.
Sus primeros grabados sobre la ciudad nacen de ahí. La Catedral, las vendedoras. No como monumentos, sino como escenas vivas. Con el tiempo, ese ejercicio se volvió más complejo. Ya no se trataba solo de dibujar lo que veía, sino de recomponerlo. Tomar elementos de distintos apuntes, reorganizarlos, construir una imagen que no era estrictamente documental, pero que conservaba una fidelidad emocional con la escena original.
Lo interesante es que, según él mismo reconoce, nunca pensó en su trabajo como un registro histórico. Esa lectura vino después. Fue el propio Kabistán quien le propuso el título “Crónicas urbanas”, señalando algo que ya estaba ocurriendo en sus grabados. Estaban documentando una ciudad en transformación. Quizá en desaparición.

Roberto lleva más de veinte años dibujando el centro histórico. Ha visto cómo casas desaparecen, cómo espacios se deterioran, cómo algunos terminan reducidos a parqueos. Habla de eso sin dramatismo y con claridad. Hay una economía detrás de esas decisiones. Un parqueo es rentable. Una casa antigua, no necesariamente. Lo que queda, entonces, es la imagen.
Pero incluso esa posibilidad se ha ido restringiendo. En los últimos años, dibujar en las plazas se volvió complicado para Roberto. Le pidieron permisos. Lo sacaron de espacios donde antes podía pasar horas trabajando. Lo confundieron con un vendedor ambulante. Esa fricción revela quién tiene derecho a ocupar el espacio público, y en qué condiciones. Ahí aparece otra capa de su trabajo, el desplazamiento.
No solo de edificios, sino de personas. Los vendedores ambulantes, que durante años formaron parte del paisaje del centro, han sido removidos. Para Roberto, esa ausencia es fundamental. Él insiste en que el centro siempre fue un binomio entre estructuras y personas. Sin esas personas, el espacio pierde algo esencial.

Por eso, en sus grabados, los protagonistas no son los edificios. Son los trabajadores, los vendedores, los rostros que él reconoce. Algunos son familiares. Otros, amistades. Otros, figuras que observó durante años. Hay una voluntad de inmortalizarlos, pero sin solemnidad. Más bien como un gesto de cercanía.
Curiosamente, es ahora, cuando muchos de esos personajes ya no están, que su trabajo ha cobrado más relevancia. La gente reconoce escenas que ya no existen. Recuerda a la vendedora de café, al vendedor de agua. Hay una frase que aparece en nuestra conversación, “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. En su caso, esa pérdida activa la memoria.
La técnica del grabado refuerza esa relación con el tiempo. Trabajar en grabado implica pensar en reverso. La imagen se construye al revés, como en un espejo. Las letras, los trazos, todo debe ser anticipado. Hay una fase mental muy clara en él, “imaginar el resultado antes de ejecutarlo”. Luego viene la parte física. La gubia, la madera, el corte.

No hay margen para el error. Si se corta de más, no se puede borrar. Ese nivel de concentración lo describe como algo cercano a lo espiritual. Un estado en el que el cuerpo y la mente están completamente enfocados. La repetición, la textura, el ritmo del corte. Se vuelve un ejercicio casi terapéutico.
También establece una analogía con la ciudad. Antes, dice, caminar implicaba estar alerta. Saber por dónde moverse, no distraerse. Ahora, aunque el contexto ha cambiado, esa necesidad de atención sigue ahí. Hay otros controles, otras formas de regulación del espacio. La sensación de vigilancia no desaparece, solo cambia de forma y de ejecutor.
El grabado, entonces, no es solo una técnica. Es una forma de pensar. También una forma de resistir. Porque si hay algo que atraviesa toda su historia es la relación con lo económico. Roberto es claro. El arte no ha sido rentable para él. Lleva casi treinta años trabajando en gráfica y no vive de eso. Ha necesitado otros empleos para sostener su práctica. Comprar herramientas, materiales, producir obra. Aun así, no lo ha dejado.

No hay nada épico en esa decisión. Más bien, una convicción sencilla. Su sueño no es el éxito económico, sino algo mucho más básico. Poder pasar tiempo en su casa produciendo. Trabajar sin interrupciones, sin horarios externos. Eso, para él, sería suficiente.
Esa claridad también se refleja en la forma en que habla de su familia. Sus hijos aparecen como una extensión de su proceso. Guarda sus dibujos, los fecha, los observa. No les impone el camino del arte, pero reconoce en ellos ciertas habilidades. Hay una especie de archivo íntimo paralelo al archivo urbano.
El accidente que le hizo perder una pierna aparece en su historia como un dato que no necesita dramatización. Está ahí, como parte de su cuerpo y de su experiencia, pero no define su discurso. Lo que sí define su identidad es la práctica constante, la relación con la técnica, la persistencia.

En Espacio 42B, todo esto encontró una forma de mostrar que no traiciona ese espíritu. El montaje, construido con cartón y madera, se siente coherente con la obra. No hay exceso de recursos. No hay intención de espectacularidad. Más bien, una sensibilidad que acompaña. El espacio se convierte en una extensión del proceso. Precario en materiales, sólido en intención. Eso es lo que terminó articulando toda la muestra.
No es una serie más de grabados sobre el centro de San Salvador. Es el resultado de mirar, de insistir, de trabajar con lo que se tiene. De aceptar que la ciudad cambia, que las personas desaparecen de ciertos espacios, que las condiciones no siempre son favorables. Y aun así, seguir.



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