El Zonte se recorre sin mapa y se entiende con tiempo. En 72 horas seguimos su ritmo entre desayunos sin prisa, caminos de tierra, olas compartidas y camas cercanas al mar. Una guía personal para comer bien, surfear y descansar en esta playa de La Libertad.
Creo que El Zonte es un pueblo que no necesita GPS. Para ubicarse basta con que alguien diga “ahí por” y todo encaja. Las referencias son imprecisas pero certeras, como su forma de vivir. Es una playa de costumbres sencillas que en los últimos años ha cambiado rápido, sobre todo en su infraestructura. El surf sigue siendo tradición, pero alrededor han aparecido nuevas propuestas, cocinas jóvenes y espacios pensados para quedarse un poco más. En tres días intenté entender ese pulso. Cómo se come aquí, qué se hace, dónde se duerme y por qué, aun sin grandes pretensiones, El Zonte conserva una vibra alternativa frente a otras playas de La Libertad. Lo que sigue nace del recorrido, de conversaciones breves y de dejar que el lugar marque el ritmo.
Desayunos de playa

La bienvenida fue en Palma, a pocos pasos de la arena. Todavía no es mediodía del todo y el sol apenas comienza a sentirse. La cocina va directo al punto. Arrancamos con un Power Surf, una mezcla de berries, banana, mantequilla de maní y miel, y lo acompañamos con un bowl de pollo con tahini chipotle. Hojas frescas, cebolla crujiente, papas con hierbas y un aderezo que amarra todo sin imponerse. Palma, creada por Gerardo Ramos y Alberto Maida, funciona con un menú corto, productos bien tratados y mesas sin prisa. Abren temprano y aceptan efectivo y tarjeta. Lo justo para empezar.
Rutas de tierra y montaña

Con el estómago en calma llegó la actividad. Una caravana de motos y buggies organizada por El Zonte School nos sacó del mar y nos llevó al polvo. Luis Rodrigo Rivas fue el punto de partida, acompañado por José Guillermo, un veterano con 25 años entre motos y campeonatos de motocross. El recorrido se volvió una lección de confianza en caminos de tierra. Antes de salir, el pequeño “walking closet-taller” donde se eligen cascos, botas y camisas deja claro que aquí hay que vestirse bien, porque el lodo llega sin pedir permiso. Subimos hasta el Peñón de Comasagua en un trayecto de unas cinco horas. Desde arriba, el litoral se ordena y se entiende por qué la gente del lugar sigue viniendo a estos cerros. Las cascadas de Tamanique quedan como excusa para volver.
Cama cómoda, playa a pie

Al caer la tarde me instalé en Lora Loca. No es un hotel de grandes promesas ni de amenities. No hay piscina ni spa. La apuesta es aquí es por camas cómodas, una ducha que cumple y una ubicación que permite moverse a pie entre la playa y los restaurantes. Es el tipo de lugar pensado para quien pasa el día afuera y regresa solo a descansar. Si el presupuesto lo permite, justo al frente está su hotel hermano, Wave House, con apartamentos y algunas comodidades extra que hacen la estadía más larga y relajada.
Recetas viajeras

La cena del primer día fue en El Vikingo, con reservación previa. Abren solo de viernes a domingo y el horario es corto. Joppe Versweyveld, su creador, trajo recetas recogidas en viajes y las puso en una pizarra gigante al fondo del salón. Pedí el Bánh mì con pollo especiado, zanahoria encurtida, hierbas y zacate de limón, y una cazuela de mac & cheese. No es un lugar barato y solo aceptan efectivo, pero todo tiene coherencia. El menú es amplio, el ambiente se llena rápido y las mesas se adaptan a gente que llega con ganas de comer y conversar sin mirar el reloj.
El ritual de la mañana

Las mañanas en El Zonte piden ritual. El desayuno (o brunch) en Canegüe Café no es negociable. Olivier Champagne, su fundador, estableció una regla clara. Solo hay un plato dulce y uno salado. Nada más. Y funciona. Desde las galletas con coulis de berries hasta el pan brioche con huevo y tocino canadiense, todo está pensado para arrancar despacio. La horchata con café y crema batida merece mención aparte. Un invento que conecta recuerdos y curiosidad. Canegüe acepta efectivo, tarjeta y bitcoin, y desde su segundo nivel se pueden ver los surfistas entrar y salir del agua. El menú cambia por temporada, pero la idea se mantiene.
Surf con guía local

La mañana puede seguir en el agua. El Zonte School no es una agencia tradicional, es un punto donde la gente conoce el mar y también la montaña. Las clases de surf sirven para entender la identidad del lugar. Locales y visitantes se mezclan, se comparten tablas y comentarios breves entre ola y ola. La playa se siente viva. Para quien busca otro plan, también organizan catas de café, clases de español y salidas a los cerros.
Snacks para seguir en movimiento

Para el almuerzo elegimos Soya Nutribar. Jugos prensados en frío, shots de jengibre y un menú ligero pensado para reponer energía sin frenar el día. Después del surf, funciona. Esta es la tercera sucursal de la marca en la costa de La Libertad y se nota adaptada al ritmo de El Zonte.
Vitrina de diseño local

La tarde se fue caminando entre tiendas. Dentro de Wave House hay un pequeño espacio curado con piezas de Lula Mena, Soüf, Sequence y obras de Abel Amaya. Todo cabe en pocos metros, pero dice mucho. A unas cuadras está Yaguáh, fundada por Andrea Magaña, una tienda colorida con ropa, artículos de surf y skate, cera para tablas, revistas y objetos para la vida diaria. Dos paradas que resumen el pulso creativo del pueblo.
Cena con fuego y mar

La noche puede cerrarse en Roka. La chef Raquel Iglesias, junto a Mónica Contreras, propone una cocina de fuego que mira lo local y lo femenino como punto de partida. En la carta aparecen ceviches con guiños nikkei, camarones coreanos con kimchi casero, kebab de pollo con hummus de frijol y una hamburguesa que mezcla lomito, entraña y chistorra. El crème brûlée de café vale el cierre. La barra se ha convertido en uno de los lugares clave para probar coctelería con destilados locales e infusiones tropicales. Reservar es lo más sensato.
Un desayuno que pide volver

El último día quise bajar el ritmo. Volví a Canegüe. Miré a los surfistas desde el segundo nivel, ahora sin apuro. La hamaca bajo los almendros y otra horchata con café marcaron el cierre antes de pensar en el regreso.
Antes de regresar
Hay un detalle que define el pulso de El Zonte. El pequeño estero que atraviesa el pueblo marca diferencias. Hacia el occidente, ranchos y hoteles más íntimos. Hacia el oriente, propuestas más editadas. Esa división, física y de ánimo, convive sin conflicto. Uno puede elegir qué versión del pueblo vivir en cada momento.
Desde aquí, el aeropuerto queda a poco más de una hora por la Carretera del Litoral. San Salvador está a una distancia similar. Sin carro, la ruta 102 sale desde la terminal de occidente y pasa por La Ceiba o La Gran Vía. Es fácil moverse. Conviene llevar efectivo. Algunos lugares solo aceptan cash. Otros reciben tarjeta y bitcoin. Para los tours de montaña, mejor confiar en guías locales y usar el equipo adecuado.

El Zonte no intenta ser otra cosa. Es una playa que se ajusta sin perder su piel. Comer aquí es entrar en conversación con productos locales y cocinas que respetan el tiempo. Hacer aquí es elegir entre surfear, subir cerros, comprar diseño local o simplemente quedarse viendo pasar la tarde. Dormir aquí es hacerlo cerca de las olas. Si vas a pasar 72 horas en El Zonte, llevá hambre, curiosidad y zapatos todo terreno. Lo demás aparece solo.
*Publicado originalmente el 15 de agosto de 2025. Esta versión fue reeditada y actualizada el 7 de febrero de 2026.






