En esta conversación, el fotógrafo salvadoreño Erick Chévez nos lleva por el proceso de “Kinmokusei”, su primera publicación sobre Japón, un fotolibro donde la mirada se construye entre la fascinación y la distancia.
Tantos años después de que Japón se abriera al mundo, su imagen sigue funcionando como un imán. No importa cuántas veces haya sido fotografiado, escrito o traducido, siempre hay alguien volviendo a mirar. Esta vez, esa mirada viene desde San Salvador y se llama Erick Chévez. Su libro “Kinmokusei” no intenta competir con esa tradición visual, pero tampoco se esconde de ella. Más bien, se instala en ese punto incómodo donde mirar hacia afuera también implica preguntarse desde dónde se está mirando.
La primera respuesta que da Erick no es sobre Japón, sino sobre El Zonte. Lleva años fotografiándolo, regresando una y otra vez al mismo lugar, orbitando una escena que él mismo reconoce como una “burbuja” turística. Hoteles, proyectos, una estética cuidada que termina por repetirse. Japón aparece entonces como una ruptura. Como posibilidad de empezar de nuevo. Un borrón. Una cámara sin memoria.

Hay algo en esa distancia que modifica la forma de mirar. Erick dice que “no sabía si iba a volver”. Esa incertidumbre introduce una presión distinta. Cada imagen se vuelve una especie de intento final. No hay ensayo. No hay segunda oportunidad. En ese límite, curiosamente, aparece una libertad que no encontraba en casa.
Pero “Kinmokusei” no nace en el primer viaje. Nace después, cuando la experiencia deja de ser novedad. Cuando la postal esperada de los cerezos y la perfección del paisaje pierde protagonismo frente a algo más discreto. Una pareja de adultos mayores caminando hacia un parque, deteniéndose a ver los árboles, regresando a casa. Nada espectacular. Nada que venda. Sin embargo, ahí ocurre algo. Una pausa. Una especie de ceremonia mínima que no necesita explicación. Ese desplazamiento, de lo evidente a lo cotidiano, marca el pulso del libro.
Erick insiste en que no quería repetir imágenes turísticas. Lo dice varias veces, como si también se lo estuviera recordando a sí mismo. El problema es que Japón, incluso cuando se evita, sigue siendo Japón. En ese intento de escapar de la postal, el libro a veces roza otra forma de fascinación. Más silenciosa, más estética, pero igualmente cargada de distancia. Hay momentos donde la imagen parece quedarse en la superficie de lo bello, en una nostalgia construida desde afuera. No es un error, es una tensión.

El propio Erick la reconoce cuando habla del proceso de edición. Dice que eliminó lo más posible ese “lente turístico”, pero que no desaparece del todo. Un diez por ciento, calcula. Quizás es más, quizás es menos, pero lo importante es que no lo niega. Prefiere convivir con esa incomodidad antes que ocultarla.
Su respuesta más clara aparece cuando habla de respeto. De tomarse el tiempo para entender. De evitar la acción rápido del visitante que consume imágenes. Menciona incluso el problema del sobreturismo y cómo eso ha generado fricción en la sociedad japonesa. Su libro, dice, intenta ir en otra dirección. No capturar lo que un turista reconocería, sino lo que podría resultarle familiar a alguien que vive ahí. Es una intención legítima, pero también un terreno resbaloso.
"Había imágenes muy buenas, pero eran postales turísticas, y yo sabía que no eran para este libro", Erick Chévez.
Porque “Kinmokusei” sigue siendo, inevitablemente, la mirada de alguien que llega. Pero quizás ahí está su valor más honesto. No en pretender una integración total, sino en mostrar ese tránsito, ese aprendizaje en proceso.
Visualmente, el libro no deja dudas. Hay un ojo entrenado detrás de cada encuadre. La formación en diseño de Erick se filtra en todo. En la composición, en la manera de equilibrar los elementos dentro del frame, en la lectura de los colores. Las estaciones son el tema y la estructura. El paso del rosa al rojo, de lo suave a lo cálido, construye un ritmo que sostiene la narrativa sin necesidad de palabras.

En una de sus versiones iniciales, tenía texto. Capítulos enteros, ilustraciones, categorías. Japón como sistema. Japón explicado. Todo eso desapareció. Erick lo eliminó por completo y empezó de cero. Dejó solo una introducción mínima y confió en las imágenes. La decisión implica renunciar al control del significado y aceptar que el lector complete lo que falta. Ese vacío es, probablemente, uno de los mayores aciertos del libro.
La edición, que tomó cerca de seis meses, se sostiene en relaciones. Las fotografías dialogan en pares. Cada doble página es un intento de conversación. Hay imágenes que habían sido olvidadas en el archivo y que encuentran sentido únicamente al lado de otra. Destacan por sí mismas, pero elevan a la que tienen al lado. Es un ejercicio de humildad visual poco común.
Luego está el objeto. Tres copias. Nada más. Papel fotográfico de la más alta calidad que encontró, pasta dura, grabados, una producción que roza lo obsesivo. No es un libro pensado para circular, al menos no en esta primera versión. Es un gesto casi íntimo, aunque dos de esas copias han terminado en las embajadas de Japón y El Salvador respectivamente. Hay algo contradictorio en eso. Un objeto extremadamente cuidado, casi inaccesible, que al mismo tiempo busca conectar culturas. La pregunta aparece sola, ¿vale la pena tanto esfuerzo para tres ejemplares?

Erick responde sin rodeos. No es su trabajo principal. No depende de esto. Es un proyecto personal. Esa afirmación hay una libertad que también define al libro. “Kinmokusei” no tiene que venderse, no tiene que responder a una demanda. Puede existir simplemente como ejercicio artístico. Como prueba. Como intento.
El nombre, tomado de una flor asociada a la memoria, termina de cerrar esa idea. Como concepto y como experiencia concreta. Un olor que se quedó en su mente días después del viaje. Algo que no se puede fotografiar, pero que insiste. Erick incluso reproduce ese aroma cuando muestra el libro. La experiencia se vuelve multisensorial. La imagen deja de ser suficiente.
Hubo un momento en la conversación donde todo se desplaza de nuevo. Cuando le pregunto si hay algo de identidad salvadoreña en su forma de mirar Japón. Erick duda. No tiene una respuesta. Esa duda es más reveladora que cualquier afirmación. Porque hacia el final, la conversación regresa a casa.

Habla de cómo el viaje reforzó su relación con El Salvador. De cómo ahora siente que no ha mirado su propio país con la misma profundidad. De cómo, si empezara un libro aquí, intentaría evitar esa mirada turística que reconoce en su propio trabajo. Ahí es donde “Kinmokusei” deja de ser solo un libro sobre Japón y se convierte en un punto de partida.
La pregunta final no es si necesitamos otro libro sobre Japón. Tal vez la pregunta es otra. Si después de mirar tanto hacia afuera, estamos listos para sostener la mirada hacia adentro con la misma intensidad. Si alguien como Erick, con ese ojo afinado, con esa sensibilidad por lo cotidiano, podría hacer un libro donde El Salvador no sea una postal ni una burbuja, sino un territorio complejo, vivo, incómodo.





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