Ron Cihuatán inaugura septiembre con una muestra singular, de siete barricas convertidas en lienzo por artistas salvadoreños. La exposición une la tradición del ron con la creación artística, y anticipa la llegada de una nueva edición limitada.
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En septiembre, el segundo nivel de Bambú City Center recibe a un conjunto de barricas que no son las de siempre. Alguna vez guardaron silencio en la penumbra de una bodega. Allí, durante años, el ron Cihuatán tomó carácter, aroma y cuerpo. Hoy, esas mismas barricas han sido intervenidas por siete artistas salvadoreños y muestran un rostro distinto: el de un país que se cuenta a través del arte.
Para Juan Alfredo Pacas, vicepresidente de Licorera Cihuatán, esta iniciativa une dos pasiones: el ron y el talento local. “La barrica es el corazón de nuestro ron, el lugar donde se transforma. En manos de los artistas, vuelve a transformarse”, dice mientras observa la exposición. La idea fue sencilla y a la vez ambiciosa: presentar a cada creador una de las presentaciones de Cihuatán, con su leyenda y sus símbolos, y dejar que la obra surgiera de esa historia.
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El resultado son siete piezas que se mueven entre la memoria ancestral y la experimentación contemporánea.
Neto Rod trabajó sobre Ron Cihuatán Viento, edición limitada aún inédita. Su barrica celebra al dios maya Ehécatl, señor del viento, que soplaba entre el sol y la luna para dividir el día de la noche y guiaba a los viajeros en su andar.
Valeria Corcios se inspiró en Nantli, la mujer dormida que protege el valle de Cihuatán. En su obra aparecen la luna, una serpiente y la vegetación sagrada que la rodea.
Dresguardado imaginó a esa misma mujer con la pirámide en brazos, mientras colibríes despiertan la aurora.

Gabriel Granadino fue el primero en 2016: su barrica conmemora los quince años de la licorera a partir de la numeración maya.
Steve Aparicio pintó la leyenda de Muwaan Mat, diosa de la suerte, y los cuarzos que los mayas veían como fragmentos de estrellas fugaces.
AMARQUEZART se inspiró en Indigo, el ron añejo de ocho años, y evocó a Tláloc, dios de la lluvia, en una pieza de técnica mixta.
Male Cuéllar representó la Dualidad del Popol Vuh: los gemelos héroes convertidos en jaguares.
Cada barrica es un relato que dialoga con la memoria maya y con la materia del ron. No se trata solo de pintar un objeto, sino de entrar en contacto con la madera, con el tiempo que guardó dentro, y resignificarlo como obra de arte. En esa curva de duelas y en esas vetas, que alguna vez respiraron el licor, ahora se cruzan la historia y la imaginación.

En medio de todas ellas aparece también el anuncio de lo que viene. La nueva presentació Ron Cihuatán Viento. Pacas lo describe como un experimento que comenzó con una pregunta: ¿se puede infusionar un ron solo con los aromas del aire? En una bodega construida especialmente para este fin, las barricas convivieron con naranja, piña, especias y bálsamo. El aire, impregnado de esos aromas, transformó el ron de manera inédita. “Es un proceso que nadie más había hecho”, afirma con una mezcla de asombro y satisfacción.
Al terminar septiembre, las barricas regresarán a la planta de producción en El Paisnal. Ahí se resguardan desde hace años las piezas anteriores, convertidas en testigos de la evolución de Cihuatán y, sobre todo, en embajadoras de un país que busca contarse con autenticidad.
“Un embajador es la cara que otros ven de El Salvador”, reflexiona Pacas. Esa cara, en esta ocasión, no solo es una botella de ron, sino también la pintura, la imaginación y la memoria que artistas jóvenes han dejado sobre la madera.