La cocina que nació frente al mar ahora se prueba en la ciudad. Raquel Iglesias y Mónica Contreras abren una segunda casa para Roka en San Benito. Desde El Zonte hasta Art Haus, seguimos de cerca lo que cambia y lo que permanece de esta propuesta.
Raquel Iglesias ha empujado su cocina con una determinación poco común, combinando una sensibilidad afinada por los ingredientes con una comprensión técnica y operativa que sostiene cada decisión detrás del plato. La primera vez que escuché su nombre fue ligado a Nantal, en El Zonte, un restaurante al que ella vuelve una y otra vez, no solo cuando habla, sino cuando cocina.
Roka se me sigue apareciendo así. Como aquel restaurante destino frente a la playa, enfrentado sin adornos a la crudeza de lo que entra a la cocina, donde los platos no buscan deslumbrar por la complejidad de su construcción, sino por la precisión con la que el sabor es llevado hasta donde ella quiere.
Esa misma convicción, compartida hoy con Mónica Contreras, su cómplice en esta expansión, es la que traslada Roka hasta San Salvador, lejos del paisaje que lo vio nacer, pero más cerca de una mesa urbana que amplía el diálogo, el número de comensales y la posibilidad de seguir construyendo orgullo desde ingredientes locales y una mirada que no se queda quieta.
Roka Art Haus

La llegada de Roka a San Benito no es un movimiento improvisado ni una ruptura con lo anterior. Es la consecuencia natural de un camino que empezó enfrentandose al mar en la playa Miravalle y que hemos acompañado desde sus primeras apariciones públicas.
En ese momento, Raquel Iglesias y Mónica Contreras estaban concentradas en definir una cocina propia, en entender hasta dónde podían llevar los ingredientes que tenían a mano y en construir una identidad reconocible. Hoy, en San Salvador, ese mismo impulso se traslada a otro escenario. Obligado a responder a un ritmo distinto, a una ciudad más exigente, pero sostenido por las mismas decisiones que le dieron forma desde el inicio.
A finales de diciembre de 2025, Iglesias y Contreras pusieron a prueba su nuevo Roka en San Benito. El soft opening permitió ver con claridad ese traslado. No hubo urgencia por impresionar. El espacio en el edificio Art Haus se mostró sin prisa. Paredes de materiales crudos y visibles, superficies que no esconden su origen y una iluminación tenue que acompaña.
Los detalles remiten a cercanía y a una idea de familia que no necesita ser subrayada. En la cocina, los mismos rostros que ya han trabajado en Roka El Zonte se movían con soltura, como si el cambio de ubicación no hubiera alterado el pulso interno del equipo. La atmósfera sigue siendo cálida, contenida, y deja claro que aquí la sorpresa no viene de lo espectacular, sino de lo bien pensado.
Para Raquel, abrir una segunda locación representa emoción, pero sobre todo un reto concreto. Replicar Roka implica sostener el interés del comensal y evitar que la propuesta se vuelva predecible. La expansión trae consigo una exigencia creativa constante, la necesidad de seguir desarrollando platos que mantengan viva la curiosidad sin traicionar la base que los sostiene. En ese equilibrio se mueve su trabajo diario, consciente de que crecer no garantiza permanencia.
¿Cómo se mantiene la esencia durante la expansión?

La respuesta a ese desafío está en la estructura. Raquel lo explica desde su experiencia en consultoría. Estandarizar procesos, dejar operaciones claras y equipos bien preparados. No se trata de estar presente en cada servicio, sino de construir un sistema que funcione incluso en su ausencia. “Yo no puedo clonarme en las cocinas”, dice. Esa frase resume una forma de liderazgo que confía en el trabajo colectivo. En Roka la cocina no depende de una sola figura, sino de un engranaje que debe funcionar con precisión.
Ese engranaje se construye desde el entrenamiento. Raquel encuentra ahí uno de los aspectos que más disfruta del proceso. Habla de crear un buen ambiente de trabajo, de acompañar con música y comida, de reconocer las capacidades particulares de cada integrante del equipo.
“Hay quienes destacan en el montaje, otros en la cocción, otros en el manejo del fuego y los tiempos. Identificar esas fortalezas y asignar roles claros evita la improvisación innecesaria”, explica Iglesias con detenimiento. En una cocina donde nadie adivina, el trabajo fluye.
Cambios en el menú

El menú de Roka San Benito responde a esa misma lógica de continuidad y ajuste. Aparecen platos nuevos, pero también hay regresos llenos de nostalgia. Raquel recupera recetas de Rama, su primer proyecto, cuando aún transitaba del mercadeo a la cocina profesional. Son platos atravesados por recuerdos y aprendizajes tempranos, que ahora reaparecen con otra lectura. A eso se suman ideas nacidas de viajes recientes por Latinoamérica, de conversaciones y experiencias compartidas, que encuentran forma sin perder coherencia.
Entre las novedades está la tostada Rama, inspirada en una experiencia vivida en Pujol, en Ciudad de México, que Raquel recuerda como un punto de quiebre. Hay también un tartar de camarón con salsa matcha, piña rostizada, chiles secos y maní tostado, donde el producto local sostiene la composición.
El ceviche de sandía con atún, que dialoga con referencias de Nueva York y Lima, retoma un plato emblemático de Rama y lo reinterpreta desde el presente. En todos los casos, la intención no es acumular elementos, sino ajustar combinaciones hasta que el sabor quede donde debe.
La organización interna de Raquel refleja esa disciplina. Divide su tiempo por horas, asigna espacios mentales a cada proyecto y archiva ideas para después. No hay atajos ni fórmulas secretas. Hay método. En un momento donde los proyectos se multiplican, esa capacidad de ordenar resulta clave para sostener la calidad.
La visión de Mónica

Para Mónica Contreras, la apertura de Roka San Benito tiene un significado particular. Regresar a El Salvador, invertir y apostar por el país a través de la gastronomía fue, en su momento, una decisión acompañada de dudas. Existía el temor de que una propuesta centrada en ingredientes locales y procesos cuidados no fuera comprendida. Con el tiempo, esa incertidumbre fue cediendo. “La gente entiende cuando prueba Roka”, dice Contreras. Seis años después, esta segunda ubicación confirma que la apuesta tenía sentido.
Mónica ha encontrado especial disfrute en los detalles de este nuevo espacio. La selección del barro ha sido central, como elemento funcional dentro del servicio y como parte de una investigación personal que Mónica busca desarrollar este año junto a artesanos locales. Su vínculo con la tierra viene de su abuela materna en el departamento de Cabañas. De una cocina de leña que nunca fue desplazada por lo moderno. El maíz morado utilizado en el primer Roka provenía de esa finca. Esa “forma de vida sencilla, sostenida por lo esencial”, como la define Mónica, sigue influyendo en sus decisiones.
Roka San Benito intensifica ahora su mirada hacia Latinoamérica. Los viajes recientes a Lima, Colombia y Ciudad de México han ampliado el repertorio de referencias y han reforzado una idea clara. “Aquí existen muchas similitudes entre cocinas de la región que se nombran distinto, pero comparten bases comunes”, dice Mónica. La diferencia está en cómo se asumen y se defienden. En Roka, esa reflexión se traduce en platos que parten de pocos ingredientes y buscan exprimirlos al máximo.
La cocina y sus fusiones

El espacio también abre la puerta a otras formas de encuentro. Mónica insiste en que Roka es un lugar que la gente puede hacer suyo. En El Zonte, el restaurante se convirtió en escenario de celebraciones colectivas. En San Benito, esa intención se amplía. Hay planes para incorporar teatro y convertir el restaurante en un espacio donde la cocina conviva con otras expresiones creativas. “La idea de un teatro pequeño, cercano, donde cocineros y actores compartan escena, ya está en marcha. Estamos trabajando con un productor muy bueno. Es un genio”, dice Contreras.
Esta relación con las artes no es nueva. Viene de proyectos anteriores y de una afinidad compartida por explorar formatos menos convencionales. La intención es que las paredes de Roka San Benito también cambien, que den lugar a artistas locales y a exhibiciones que dialoguen con el espacio. Ambas casas de Roka tiene un carácter distinto, y esa diferencia se asume como una ventaja.
Roka San Benito se reconoce como una extensión coherente de lo que ya existe. Se percibe en la forma en que el equipo trabaja, en el ritmo del servicio, en la respuesta de los comensales. Para quienes hemos seguido de cerca el trabajo de Raquel Iglesias y Mónica Contreras desde Miravalle, este momento marca la continuidad de un recorrido que ahora se desplaza hacia el centro de la ciudad.






